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viernes, 1 de mayo de 2015

LOS MUERTOS JUEGAN AL POKER de SILVER KANE (NOVELA COMPLETA)

 












Estimados amigos de Bolsi & Pulp: Como recordarán, LOS MUERTOS JUEGAN AL POKER del maestro Silver Kane, fue la novela que ganó nuestra encuesta para celebrar los ocho años del blog. Esta es una novela de Western, perteneciente a la colección “Bravo Oeste” de la editorial Bruguera, apareció con el número 689 y fue publicada en 1974.


¡Disfrútenla y larga vida a los bolsilibros!

Atentamente: ODISEO…Legendario Guerrero Arcano.
 
 
LOS MUERTOS JUEGAN AL POKER
SILVER KANE
 
 

CAPÍTULO PRIMERO

 

Los dos hombres hicieron oscilar, el bulto humano y gritaron al unísono:
—Uno... Dos... ¡Y tres!
Dieron un fuerte impulso.
El bulto humano salió despedido.
Rompió la ventana.
Rodó por la acera.
Tumbó una pila de barriles.
Al fin el bulto humano se detuvo ante un abrevadero, y el joven que había sido lanzado de aquella manera musitó:
—Podíais haber contado hasta cuatro...
Los dos tipos asomaron sus cabezas por la ventana hecha trizas.
Se mostraron muy amables con el caído.
—¡Y no vuelvas a aparecer por aquí hasta que te mueras! —gritó uno.
—¡Si no pagas te acabaremos echando de la ciudad! —masculló el otro.
El joven se pasó la mano por la frente apuradamente. Si era cuestión de pagar ya podía empezar a buscarse otro sitio. Él no pagaría nunca. No tenía un dólar y, además, no sabía cómo ganarlo.
Sin embargo, iba bien vestido.
Visto un poco de lejos parecía un caballero.
Claro que los puños de su camisa ya estaban recosidos y sus botas algo rotas, pero eso no se notaba más que cuando uno lo tenía a pocos pasos de distancia.
Se puso en pie.
Era un tipo que llamaba la atención en Santa Fe como en cualquier otro sitio. Alto, fuerte, de facciones rígidas y duras. Sobre todo duras. La gente solía decir que en Santa Fe no había otra cara tan pétrea como la suya.
Fue a probar suerte a otro sitio.
Ya que en aquel saloon no le fiaban ni le dejaban jugar a los naipes, peor para ellos: Honraría con su presencia cualquier otro de los muchos locales que había en la ciudad.
Entró en el Boston.
Todo allí estaba muy animado.
Sonaba la música.
Había chicas a go-go.
Y whisky.

Y mesas con tapete verde donde uno podía ganarse honradamente la vida.
Claro que también había unos tipos raros que vinieron directamente hacia Billy, pues así se llamaba el afortunado joven.
—¡Amigos!... —gritó.
Los fulanos no estuvieron de acuerdo.
Uno de ellos bramó:
—¡O pagas o te largas!
—Es que yo... —dijo Billy.
Los fulanos cayeron sobre él.
Uno le sujetó por las botas. El otro por debajo de los hombros.
Lo balancearon.
—Uno... Dos... ¡Tres!
Billy salió despedido por encima de los batientes.
Rodó con tal fuerza por los aires que fue a caer sobre un carro pintado de blanco que estaba junto a la puerta. En ese carro había pintada también una cruz. Junto a las ruedas, unas letras decían: Hospital General de Nuevo México.
Allí, en aquel carro, se llevaban las provisiones para el único hospital un poco decente que había en toda la comarca.
En aquel momento, cuando Billy había caído encima de la plataforma, el carro arrancó. Los dos caballos creyeron que el golpe era la señal para que salieran arreando.
El joven pensó: «El Hospital General... Bueno, no está mal del todo. Al menos de ahí no van a echarme. Y siempre habrá algún enfermo que quiera liarse en una partida de cartas...»
Segundos después entraba por una gran portalada. Tres fornidos individuos se dispusieron a descargar el carro.
Naturalmente, vieron a Billy.
Uno de ellos bramó:
—¿Os habéis dado cuenta? ¡Ese tío otra vez aquí!
—¡La semana pasada entró diciendo que estaba enfermo!
—¡Y le ganó doscientos dólares al director!
—¡Y éste, como no podía pagárselos, le tuvo que dejar a su hermana como prenda!
Billy se defendió.
—Bueno, sí —gritó—, ¡pero su hermana estaba muerta! ¡No sabía cómo quitársela de encima! ¡El trabajo que tuve! ¡Y además le hube de pagar el entierro!
Aquello no le sirvió de nada.
Los individuos le sujetaron por los pies y por debajo de los hombros.
—¡Una... Dos..: ¡Tres!
—¡Basta ya! —gritó Billy—. ¡Al final vais a conseguir que aprenda a contar!
Tampoco le sirvieron de nada las protestas.
Dio un par de vueltas de campana por el aire, tanto fue su impulso, y fue a caer sobre la plataforma de otro carro.
Pero éste no estaba pintado de blanco, sino de negro. Y la cruz que ostentaba era una cruz color plata.
Junto a las ruedas, unas letras decían: Funeraria Oficial de Santa Fe y de Nuevo México, Sociedad Limitada.
En aquel carro sacaban los muertos del hospital. Se decía que hacía muchos viajes, tantos que el conductor quería cobrar horas extras.
Un ataúd descansaba en la plataforma, y Billy fue a caer junto a él. Pero no se asustó demasiado ni tomó aquello como un signo de mal agüero, sino al contrario.
«La funeraria... —pensó—. Bueno, de allí no echan a nadie. Y un par de partiditas con el dueño, entre muerto y muerto, no habrá quien me las quite.»
La verdad fue que tampoco le dejaron demasiado tiempo.
Las manazas le habían sujetado sin apelación y los tíos estaban contando:
—Uno... Dos... ¡Y tres!
Billy salió volando.
Tuvo que hacer auténticas piruetas en el aire para no caer en un abrevadero, lo que hubiese fastidiado del todo su traje, que aún estaba en buen uso. Además, en aquel abrevadero bebían los caballos después de transportar a los muertos y se lavaban los embalsamadores, y eso sí que Billy lo consideraba un síntoma de mal agüero.
Al fin cayó al suelo, se levantó y se sacudió las ropas.
Con un gesto de suavidad se encasquetó el sombrero que estaba recosido por tres sitios, para no acabar de romperlo. Tenía que seguir pareciendo un caballero. Echó a andar hacia la esquina.
Y en aquel momento silbó la bala.
Llegaba desde bastante distancia, de modo que Billy llegó a oír su pitido, aquel trágico pitido que duró tan sólo unas décimas de segundo y que significaba la muerte. De una forma maquinal, y con unos reflejos que un gato hubiera envidiado, Billy ladeó la cabeza.
Sólo tuvo tiempo de ladearla unas décimas de pulgada.
Pero fue bastante.
La bala acabó de destrozar el sombrero. Fue lo único que le faltaba. Lo partió en tres pedazos. Billy, que se había pegado a una esquina con el rostro bañado en sudor, pensó que era aquello lo que más pena le daba.
Ahora sólo faltaba que se le acabaran de romper los puños de la camisa.
Sin sombrero y, sin puños, ¿dónde demonios escondería las cartas falsas?
Pero el caso era que había salvado la vida. Apenas podía creerlo. El disparo del «Winchester» 73, cuya clase había adivinado por el sonido, debió haberle alcanzado de todas, todas. Aún no comprendía cómo podía estar vivo.
Y no había sido una sola vez.
También habían tratado de matarle en otra ocasión.
¿Por qué?
No lo comprendía.
Él era un jugador de ventaja, al que echaban de todas partes por las ventanas, pero nadie podía tener interés en matarle. Una cosa es mantear a un tío, y otra muy diferente disparar a traición contra él. Y eso era lo que había ocurrido ya dos veces, no sabía por qué. La primera vez se salvó gracias a un oportuno resbalón. Ahora, la segunda, gracias a su rapidez de reflejos.
Pero, ¿quién infiernos podía tener interés en matarle?
Billy decidió no pensar más.
Se dirigió entonces a la parte más extensa de la calle Principal, donde había una casa de dos pisos bien pintada, con cuidadas cortinillas y dando sensación de prosperidad.
Allí vivía él.
Era una casa de rico.

CAPÍTULO II

 

Cualquiera hubiese pensado que un hombre como Billy, que no tenía dinero ni para pagarse una camisa nueva, no podía vivir en aquella casa. Y, en efecto, así era. Hubieran tenido razón los que sospecharan de él. La casa no era suya. Estaba en ella de matute. Vivía en ella con un nombre falso.
Pero, ¿por qué?
Todo había empezado con una confusa historia. Con una miserable historia de sangre y de muerte.
Apenas tres meses antes.
Una historia en la que Billy, al principio, no hubiera podido creer...

* * *

El joven a quien había conocido en las Panter Mountains, cerca de la frontera con Arizona, tenía la misma edad que él, e incluso físicamente eran bastante parecidos. La misma estatura, el mismo peso, las mismas líneas esenciales en los rasgos... Claro que nadie les hubiera confundido, entre otras cosas porque Billy era bastante más atractivo que Kurt, el otro joven. Pero el hecho de tener la misma edad y parecidas características hizo que sintiera simpatía por él.
Además, Kurt necesitaba inspirar simpatía desesperadamente en aquel momento. Justo en aquel momento, porque dos minutos después ya no valdría la pena.
Tres hombres le estaban persiguiendo y los tres disparaban contra él. El caballo de Kurt ya estaba muy cansado. Más que cansado. El caballo de Kurt se iba a ir al diablo muy poco después.
Billy, que entonces volvía de jugar unas partidas en Tucson y que, como de costumbre, había tenido que salir a uña de caballo, era de las personas con más capacidad en este mundo para darse cuenta de lo triste que resulta ser un perseguido. Sobre todo cuando los perseguidores tienen tanto interés en convertirle a uno en un respetable difunto.
De modo que no lo dudó demasiado. Lo primero que hizo fue convencerse de que los perseguidores no llevaban ninguna estrella visible, o sea que no eran agentes de la ley. Lo segundo que hizo fue avisarles:
—¡Quietooooos!...
Su voz retumbó entre la soledad de los farallones rocosos de Arizona.
Los tres individuos se dieron por advertidos, pero no agradecieron a Billy el que hubiera querido avisarles. Nada de eso. Lo que hicieron fue disparar contra él, y si Billy no llega a estar medio parapetado tras el caballo, lo dejan seco.
El pobre caballo pagó unas culpas que no tenía.
Le atravesaron el cuello y le volaron la cabeza.
Billy cayó al suelo, pero fue lo bastante ágil para no quedar apresado por el pesado corpachón del animal. Fue también lo bastante ágil para «sacar» a tiempo, mientras volaba por los aires (en esto de «volar» por los aires ya tenía bastante experiencia), y, en fin, fue lo bastante ágil para disparar con su revólver antes de que aquellos condenados tipos dispararan otra vez.
No falló.
Billy nunca fallaba.
Su padre había muerto en una mesa de juego y él había tenido que defenderse desde los quince años en los mismos sitios. Tiraba como un diablo. Lástima que no tuviera con los naipes la misma habilidad que con el revólver, porqué se hubiera hecho rico.
Los tres hombres cayeron uno tras otro.
Ni siquiera llegaron a creer en sus muertes.
Una mueca de asombro quedó petrificada en sus rostros mientras se retorcían por última vez sobre la arena, bajo el cielo ardiente de Arizona.
Luego Billy se había acercado a aquel hombre y a su reventado caballo, que apenas tenía fuerzas para arrastrarse más.
El hombre le había tendido la mano.
—Nunca podré pagarle lo que ha hecho —dijo—. Me ha salvado nada menos que la vida. Cuente siempre con la gratitud de Kurt.
—Celebro conocerle, Kurt —había dicho sencillamente Billy, quien no estaba acostumbrado a que le agradecieran nada—. ¿Quiénes eran esos tipos?
—Enemigos.
—Eso ya está visto, demonios. Pero, ¿qué clase de enemigos?
—Nos peleamos por rivalidades ganaderas. Ellos quieren, o mejor dicho querían, someter a todos los pequeños rancheros de la zona. A los que no se doblegan a sus condiciones los liquidan. Ese era mi camino y por ese camino estaba corriendo hoy... muy en contra de mi voluntad por cierto.
—De todos modos ha tenido mucha suerte.
—¿Al encontrarle a usted?
—No. Al no decidirse ellos a tirar antes. Le hubieran alcanzado muy bien. Su caballo ya no podía más y lo tenían a una distancia casi perfecta.
—Es que no querían matarme así —había dicho Kurt.
—¿No?...
—No, amigo. Si no quería matarme a balazos era porque ansiaban matarme de otra forma. Porque pensaban hacer conmigo algo horrible.
—¿Qué?
—Quemarme vivo.
Billy se había estremecido hasta los huesos. Quemarle vivo... La gente era salvaje en el Oeste, pero al mismo tiempo solía ser ruda y expeditiva. No malgastaba el tiempo en crueldades innecesarias. ¿Para qué emplear una hora en quemar vivo a un tío si en dos minutos se le podía colgar de una cuerda?
—Debían ser auténticas hienas... —había dicho pensativamente, mientras notaba aún aquella especie de estremecimiento.
—Más que unas hienas eran unos fríos calculadores —había dicho Kurt—. Lo que ansían sobre todo es sembrar el pánico entre los pequeños ganaderos, de los cuales yo soy el líder. Si me matan sencillamente, no lo conseguirán. En cambio si me queman vivo..., nadie querrá seguir el mismo camino.
Billy se había estremecido otra vez.
Era verdad.
Y por un momento pensó que él, un jugador de ventaja que no quería líos, había hecho mal al meterse de rondón en aquel mundo alucinante.
Pero Kurt se había encargado de sacarle de él con sólo unas palabras.
—Más vale que se desentienda de esto, amigo —le había aconsejado—. Nadie sabe quién ha matado a esos cerdos y por lo tanto nadie le perseguirá a usted. Olvídese de lo que acaba de pasar. Lárguese de, aquí, ¿sabe? Y puesto que yo puedo ir a pie, llévese mi caballo.
—Pero usted...
—Me llevaré cualquier montura de los muertos.
—Lo cual es un compromiso —había dicho Billy—. La reconocerán.
—¿Compromiso? ¿Y qué más da? Yo ya estoy metido en el mejunje y no viene de un detalle más. En cambio, usted conviene que se evapore cuanto antes. Buena suerte, amigo. Y si alguna vez va por Santa Fe, no deje de alojarse en la casa de Kurt, en la calle Principal. Siempre la tendrá abierta.
—Gracias —había dicho el joven, sin pensar en ir a Santa Fe de momento.
Y había aceptado el caballo, con una magnífica silla repujada en plata que indicaba al menos una cosa: Kurt era un hombre rico.
Dejando que el caballo fuera al paso para que se repusiese de su fatiga, el joven se había separado de su nuevo amigo. Estaba convencido de que no volvería a verlo más. Y en el fondo casi lo deseaba, porque las terribles guerras entre ganaderos no le habían gustado nunca.
Pero las cosas iban a ser distintas de como él las imaginaba.
Días después tendría ocasión de comprobarlo.
Tendría motivos para desear largarse cuanto antes de Nuevo México, al enfrentarse a aquel espectáculo terrible.

* * *

Debido a la posibilidad de jugar unas partiditas en las poblaciones de la zona, Billy se había quedado allí unos cuantos días más. Durante ellos no oyó hablar de las luchas ganaderas ni se preocupó. Pero fue a la semana siguiente cuando se enfrentó a aquella sorpresa macabra.
Acababa de salir de madrugada con unos cuantos borrachos de una casa de juego. La cosa no había ido ni bien ni mal. Más bien mal. Llevaba en el bolsillo unos ochenta o cien dólares. Cantando y dando tumbos habían llegado hasta las afueras de la población.
Y allí se habían encontrado con la sorpresa.
Y con el espectáculo macabro.
El cuerpo aún ardía.
Varias personas, entre ellas el sheriff, lo rodeaban y estaban sofocando las llamas, pero su trabajo era ya inútil. Cuando los asesinos abandonaron aquel cuerpo, ya no era más que un cadáver irreconocible. Sólo estaban casi intactas las botas, porque es un material muy difícil de quemar, parte de los pantalones y una zona de la camisa. De lo demás no quedaba nada. Ver aquel bulto humeante causaba una indefinible sensación de angustia y hasta de terror.
Pero lo que más impresionaba era la mueca terrible de su boca, una boca en la que ya no quedaba carne, y que un dibujante hubiera podido emplear como modelo para representar un grito de dolor. La postura crispada de aquel hombre también indicaba la horrible verdad. Era una horrible verdad que estaba a la vista.
El sheriff balbució:
—Dios santo...
Y alguien dijo lo que todos estaban pensando:
—Lo han quemado vivo...
Sin duda lo habían rociado con algún líquido inflamable y le habían prendido fuego. La muerte debió ser espantosa. Seguro que el sheriff y todos aquellos. Otros hombres habían llegado atraídos por los gritos, pero ya era demasiado tarde.
Billy se había inclinado sobre el muerto. Recordaba aquellas elegantes botas. Recordaba tambien aquellos pantalones, aunque la camisa fuera distinta. Su mano trémula fue hacia el bolsillo donde podían guardarse algunos documentos.
Pero el sheriff dijo en voz alta lo mismo que él estaba pensando:
—Yo diría que se trataba de Kurt...
Y fue él quien introdujo la mano en el bolsillo de la camisa. Los documentos y el dinero sólo estaban chamuscados: se habían salvado por poco. La suma de dólares indicaba que el fiambre había sido un hombre de buena posición, y en cuanto a los dos documentos, uno de ellos una licencia del Ejército, no cabía duda de su autenticidad: estaban extendidos a nombre de Kurt.
Billy había musitado también:
—Dios mío...
Y durante unos minutos interminables había contemplado el bulto informe que era el cuerpo del hombre al que conoció una semana antes. Por fin lo habían atrapado. La larga mano del crimen había llegado hasta él.
Billy había sentido que en el fondo de sus entrañas nacía un oscuro deseo de venganza.
Pero sus ex compañeros de juego, los borrachos, se lo habían llevado de allí. Aquella noche Billy había bebido como un cosaco. Había roto unos cuantos cristales, se había peleado con dos agentes del sheriff y había perdido un mazo de cartas marcadas. Demasiadas cosas contra él. Fue expulsado de la comarca a la mañana siguiente.
Y sin estar en la comarca no podía soñar en vengar a Kurt, de modo que renunció a aquél proyecto. Por otra parte, la vida en Nuevo México era tan agitada, dentro de los ambientes en que él se movía, que uno llegaba a no acordarse de lo que había hecho el día anterior. Y así, apenas sin dinero y acosado por los representantes de la ley que en muchos lugares prohibían el juego, Billy había llegado a Santa Fe mucho antes de lo que pensó.
Había llegado a aquella extraña casa.

CAPÍTULO III

 

El joven entró en ella con la misma sensación con que había entrado la primera vez: la sensación culpable de que se metía en terreno prohibido. Pero de momento éste era su refugio, éste era el único sitio donde podía vivir en paz, de modo que usó el llavín, empujó la puerta y entró.
Todo estaba limpio y en orden allí.
Era una casa rica.
Billy fue a depositar el sombrero en su sitio, pero al darse cuenta de que ya no lo llevaba retiró poco a poco la mano. Ocultando lo mejor que pudo los puños recosidos bajo las mangas de la levita, avanzó.
Una luz brillaba en la habitación del fondo.
Era una habitación confortable, hogareña. La luz daba sensación de intimidad... Era uno de esos sitios en que uno, sin saber muy bien, por qué, se siente a gusto.
Una mujer bordaba allí.
Levantó la cabeza al oírle entrar.
Sonrió.
—Hola —dijo—. Buenas noches, hijo mío.
Billy tragó saliva.
Había momentos en que le era muy difícil soportar aquello.
En que le parecía sucio e innoble engañar a una mujer así.
Pero de todos modos dijo maquinalmente:
—Buenas noches, mamá.
Avanzó hacia ella y la besó en la frente.
Los dedos de la mujer palparon el bordado que estaba haciendo.
Por que necesitaba bordar al tacto.
Porque la mujer era ciega.

* * *

La misma brutal sensación había tenido Billy al llegar allí dos semanas antes, pese a que las cosas no sucedieron así al principio. Ahora, mientras se retiraba poco a poco, mientras tomaba una silla para sentarse ante aquella mujer y hacerle un rato de compañía, iba recordando los detalles de aquellos días intensos, aquellos días que nunca creyó llegar a vivir.
Cuando él llegó a Santa Fe, justo dos semanas antes, no estaba lo que se dice en su mejor forma. Cansado de huir, cansado de probar fortuna en un sitio y otro, estaba pensando seriamente en cambiar de oficio, porque los naipes no se le daban tan bien como se le dieron a su padre, y si aun así su padre acabó baleado en una mesa de juego, ¿dónde infiernos terminaría él?
En Santa Fe no tenía sitio dónde alojarse. No tenía dinero. Fue entonces cuando recordó lo que le había dicho Kurt la última vez que le vio con vida: le había hablado de su casa al final de la calle Principal.
De modo que fue con el caballo, que todavía era el de Kurt, y con la magnífica silla, que aún no había vendido porque no tenía otra. No le fue difícil encontrar la casa, pero ante su sorpresa vio que no había ninguna luz en ella. Hasta aquel momento había pensado que estaría habitada por familiares de Kurt.
Pero nada de eso.
La casa se hallaba vacía.
Billy había pensado que, de todos modos, resultaba mejor así, y se había instalado en ella después de forzar la cerradura sin dañarla. Vio que había una magnífica cuadra para el caballo y grano en abundancia. Vio que en la despensa de la casa había embutidos, vino, carne seca, latas de frijoles, galleta, tocino, harina... En fin, todo lo necesario para que un hombre viviese como un príncipe durante dos semanas.
Y Billy se había instalado magníficamente.
Por fin tenía motivos para pensar que había cambiado su estrella. Porque una cosa era segura: Kurt no vendría jamás a echarle de allí.
Pero sus sorpresas agradables no habían terminado.
Dos días después se presentó un hombre con tres cajas llenas de botellas de whisky. Llamó a la puerta, y al abrir Billy, el desconocido dijo:
—Hola, señor Kurt.
Billy había quedado de piedra.
El no se parecía tanto al difunto Kurt como para que le confundiesen de aquel modo.
Pero pronto se convenció de que aquel tipo no le había visto nunca, porque sencillamente le dijo:
—Traigo el whisky que traemos cada seis meses, señor Kurt. Firme aquí.
—¿Es... está pagado?
—No se preocupe por eso, señor Kurt. Enviaremos la factura a finales de año, como de costumbre. Yo es la primera vez que vengo, ¿sabe?, pero me han dicho que se hace siempre así. Buenos días.
Billy le había detenido con un gesto.
—Oiga...
—¿Qué, señor Kurt?
—¿Dice que el whisky lo traen una vez cada seis meses?
—Ese es el encargo que nos han hecho a la casa central en Tucson, señor Kurt. Tenemos establecido este servicio con Santa Fe desde hace mucho tiempo.
—Pues... ¡ejem!... En fin... Oiga... ¡Hum!
El otro le miraba con curiosidad.
—¿Qué, señor Kurt?
—Traigan el whisky cada tres meses en lugar de cada seis... Mejor dicho, cada dos meses... Mejor dicho; cada uno... Mejor dicho, cada...
—Podemos hacer una cosa, señor Kurt: ¿quiere que le deje ya las cajas del próximo envío?
—Es usted muy inteligente, amigo. Vuelva la semana que viene y envíen la factura a final de año.
—Querrá decir la facturaza, señor Kurt. Pero no se preocupe, no nos olvidaremos.
Y Billy se había puesto morado de tanto whisky.
Aquello era vida. No había nada como eso de disponer de crédito y que a uno le consideraran un hombre rico.
Pero lo mejor aún tenía que llegar.
Una tarde estaba dormitando en uno de los magníficos sillones.
De pronto oyó que se abrió una puerta.
Abrió un ojo.
Luego el otro.
Luego pegó un brinco.
La chica terminó de ajustarse las medias mientras preguntaba coquetamente:
—¿Te gustan?
Billy, sin fuerzas, se dejó caer en la butaca otra vez.
—Me encantan... — dijo—. Juro por mis antepasados que me encantan... Pero..., pero...
La chica llevaba poca cosa más.
Era una desconocida.
¡Pero qué desconocida, amigos!
Como para tener ganas de «conocerla» en seguida.
Sin duda se trataba de una cortesana, pero de una cortesana de calibre. Porque avanzó felinamente mientras decía:
—Querido Kurt...
Él se atrevió a decir, aun a riesgo de echarlo todo a rodar:
—¿Cómo sabes que soy Kurt?
—¿Y por qué no vas a serlo? Tienes en la cuadra un caballo con tu marca y una magnífica silla con tus iniciales, tienes veinticinco años, tienes su estatura, vives en esta casa... Vamos, hombre... No me vengas con mandangas ahora. ¿Por qué no vas a ser Kurt? ¿O es que quieres darme una sorpresita?
—La sorpresita me la acabas de dar tú, nena. Y puede que yo te dé en seguida otra. ¿Pero a qué has venido, si no nos hemos visto nunca?
—Soy la hermana de Vicky.
—¿Vicky?
—Sí, hombre: Vicky...
—Ah, Vicky.
—Parece mentira que no te diga nada ese nombre después de haber sido tu amiguita dos años.
Billy se estremeció. ¡Vaya vidaza se había pegado el tal Kurt antes de palmarla! ¡Así ya se puede!
Pero mientras estos pensamientos daban vueltas en su cabeza, la chica dijo:
—Pues verás, Vicky está enferma. Supongo que te habrá hablado de mí muchas veces.
—Sí, sí, claro...
—Siempre que pasa por Santa Fe viene a verte en recuerdo de los buenos tiempos. Tú le envías un regalito a final de año y en paz.
—A final de año, ¿eh? Como la factura del whisky.
—¿Qué pasa con el whisky?
—Nada, nada... Es un asunto mío. ¡Menudos buenos tiempos hemos pasado con Vicky! ¡Uuuufff!... Brrrr... Auuuuggg... Una barbaridad.
—Deja de rugir, hombre. Que no eres un coyote.
—Es que cada vez que me acuerdo de Vicky... Brrrr... Me siento hombre lobo. Sus formas opulentas... Sus cabellos rubios...
—Te equivocas, macho. Vicky es una morenaza como yo. Lo que pasa es que se teñía.
—Pues me la daba con queso.
—No importa —dijo la chica, mientras se acercaba sinuosamente—. El caso es que Vicky no ha podido venir este año a Santa Fe por estar enferma, y he venido yo. Nos dedicamos a lo mismo, ¿sabes?
—Ah, vaya...
—Si no te importa, me quedo yo y al final de año haces el regalito igualmente.
Billy había gritado lleno de entusiasmo:
—¿Cómo va a importarme?
Y se había lanzado a la carga igual que si fuese a dirigir la Caballería en la batalla de Gettysburg.
Habían sido un par de días inolvidables.
Muchos de ustedes, amigos, creerán sin duda que la jornada intensiva se inventó en Gran Bretaña.
Pues no. Se equivocan.
Se inventó en Norteamérica. En Santa Fe concretamente. La inventó un tío llamado Billy, alias Kurt. Billy, alias Kurt, descubrió que el trabajo puede hacerse todo seguido y de una vez, sin concederse descanso.
Lo dicho: fueron dos días inolvidables.
La monda.
Cuando la chica se fue, Billy había pensado que por fin acababa de entrar en el mejor de los mundos. Eso de tener la despensa llena, de no dar golpe, de recibir botellas de whisky y chicas y de pagar a final de año era sensacional.
Tres noches después, sin embargo, había tenido la última sorpresa, la que lo cambiaba todo.
Estaba dormitando junto al fuego, sin decidirse a ir a la cama, cuando notó que la puerta se abría como la otra vez.
Sin abrir los ojos; extasiado por la felicidad que se acercaba a él, murmuró:
—Betty... ¿Ya estás otra vez aquí? ¿O eres Vicky?
Una voz algo cansada dijo:
—Pero hijo mío...
Billy casi pegó un brinco.
¿Desde cuándo, aquella clase de señoritas le llamaban a uno «hijo mío»?
Pero con todo esto había abierto los ojos, y entonces se dio cuenta de que las cosas eran del todo distintas ahora. La que se acercaba a él era una mujer ya de edad, casi una anciana, que iba muy bien vestida y que andaba a tientas. Sin duda conocía la casa, pero de momento se sentía desorientada. Con una expresión dulce y una suave sonrisa se acercaba a él.
Billy se dio cuenta con horror de algo más.
¡La mujer era ciega!
¡No sabía que no estaba delante de su hijo! ¡No sabía que Kurt había muerto de una forma horrible! ¡No sabía nada!
El joven quedó aterrado.
Estuvo a punto de sacarla de su error, pero no se atrevió. Hubiera tenido en tal caso que hablarle de la muerte de Kurt. Hubiera tenido que contarle cosas que quizá la edad de la mujer no soportaría.
Bastante pena tenía con ser ciega.
No se movió cuando los dedos femeninos rozaron cariñosamente sus facciones. Billy ya sabía que la forma de su cara era bastante parecida a la del difunto Kurt, y la seguridad de la mujer de hallarse ante su propio hijo hizo el resto. Si ella notó alguna leve diferencia la pasó por alto o la atribuyó al tiempo que llevaban sin encontrarse. El caso fue que estuvo totalmente convencida de hallarse ante Kurt. Y besó a Billy con una devoción que casi conmovió al joven.
Este seguía aterrado.
Pero al mismo tiempo estaba impresionado por aquella ternura. Comprendió que nunca, pero lo que se dice nunca, tendría valor para contar a aquella mujer la siniestra verdad. Si ella la descubría por sí sola ya era distinto, pero de todos modos él no la contaría voluntariamente.
Por eso susurró:
—Bien venida, mamá.
Y la hizo sentar a su lado.
Ella suspiró mientras señalaba hacia el vestíbulo, donde descansaban dos maletas. Billy se sintió más aterrado aún. ¡Ella venía a quedarse!
¿Qué iba a hacer él?
De todos modos se aguantó, fue a por las maletas y las depositó en la mejor habitación de la casa. Mientras tanto la mujer le explicaba en voz alta:
—He venido en la diligencia y el mayoral ha sido tan amable que me ha traído las maletas hasta aquí. La puerta estaba abierta, ¿sabes? Veo que sigues teniendo las costumbres de las pequeñas ciudades ganaderas. No sé por qué te dedicas a esos negocios de compraventa de reses, con la carrera que tienes.
Billy sintió frío en la espina dorsal.
—¿Carrera? —bisbiseó.
—Naturalmente. Y vas a ejercerla. El último deseo de tu padre, antes de morir hace unos años, fue ése. Y yo, con el poco dinero que ya nos queda, he venido aquí para estar contigo, para que encarriles tu vida, aparte de que el clima de Santa Fe siempre me ha sentado muy bien. Empiezo a ser vieja.
Billy emitió una risita de conejo asustado.
Lo de la «carrera» le dejaba hecho polvo.
Confió en que fuera alguna de esas que permiten ir tirando sin saber nada. Por ejemplo, abogado.
Un abogado siempre puede decir que él no sabía una ley porque la han cambiado en el último momento.
O médico.
Un médico siempre puede decir que la culpa de la defunción es del burro del enfermo, que ha tenido una complicación totalmente inesperada y no se ha molestado ni en avisar.
O arquitecto.
Un arquitecto siempre puede decir que si la casa se hunde es porque la culpa la tienen los inquilinos del piso de arriba, que son demasiado gordos. O porque los obreros que hicieron la casa no obedecieron sus acertadas órdenes.
Aparte de que no hacían falta ni arquitectos ni ingenieros en un sitio como Santa Fe, porque las casas y los puentes los hacían en plan de artesanía los mismos vecinos. Y lo que duraban...
Aunque quizá la carrera fuese la de predicador.
Ah, entonces estaba salvado.
Puestos a predicar, con un poco de cara él sería el rey.
O quizá fuese la de químico.
Como allí la única química que se ejercía era la de echar agua al vino, tabaco al café, whisky al ron y «pipí» a la cerveza, estaba salvado.
Pero la santa mujer dijo con insistencia:
—Sí, hijo mío. La carrera.
—¿Cuál?
—¿Es que tienes más de una?
—Bueno... La de experto en ganado también es una buena profesión.
—Ni hablar. No puede compararse con la de dentista.
Billy quedó petrificado.
¿Dentista?
¿Había dicho «dentista»?
¡Pero si a él le daba miedo ver una boca abierta!
—El último dinero que nos quedaba —dijo la animosa mujer— lo he invertido en la instalación de un consultorio. Quería darte una sorpresa. Lo he hecho amueblar sin que tú lo supieras. Toma, aquí tienes las llaves. Está al otro extremo de la calle.
Billy tomó lo que ella le entregaba. Se sintió más acorralado que un sentenciado que está ya en la horca.
¿Ponerse él a sacar muelas?
¡Dios mío!
Pero eso había sido el principio de todo. El momento de sentimentalismo que había tenido Billy al no querer decir a la mujer que su hijo estaba muerto, iba a tener funestas consecuencias. Por lo pronto no había tenido más remedio que ir a ver el «consultorio»... Y se había dado cuenta de que allí no faltaba nada para ponerse a «trabajar» inmediatamente.
Sí, así había empezado la tragedia de Billy, un hombre honrado donde los haya. Así empezó la catástrofe para un hombre honesto que, a fin de honrar el día del Señor, nunca hacía trampa los días de fiesta.

CAPÍTULO IV

 

La mujer ciega, que le había oído entrar, sonrió dulcemente.
Siempre sonreía con aquella dulzura especial que tenía la virtud de cambiar las cosas. Sólo al entrar allí, Billy ya sentía como si todas las turbulencias de la condenada ciudad desaparecieran. Aquello era un verdadero hogar, y para la mujer él era su verdadero hijo. ¡Pero cuánto trabajo le estaba costando mantener aquella condenada mentira!
En primer lugar tenía que evitar cuidadosamente hablar del pasado, pues él lo ignoraba todo sobre la infancia de Kurt; en segundo lugar había tenido que buscar para que hiciera las faenas de la casa a una india sorda como una tapia y que no se relacionaba con nadie, a fin de que no se enterara de lo que pasaba por la ciudad y no diera el chivatazo a la ciega. En tercer lugar tenía que fingir que se ganaba la vida.
Eso era lo peor.
¡Ganarse la vida!
La mujer le acarició las manos.
Billy temió que ella se diera cuenta de que llevaba los puños recosidos. La verdad era que había agotado ya todas las reservas de camisas que Kurt tenía en la casa. También se habían agotado las provisiones de la despensa. Cada mañana había que dar dinero a la india para que fuese a comprar.
Y eso era lo peor.
La ciega musitó:
—¿Has ganado mucho dinero hoy, hijo? ¿Has tenido mucho trabajo?
—Pues... pues... ¡ejem...! Hum... Así, así...
—El otro día me entregaste ochenta dólares, pero desde entonces no has traído nada, a casa.
Los ochenta dólares eran los que Billy había podido ganar al de la funeraria. Pero desde entonces las cosas no habían ido lo que se dice demasiado bien.
De todas partes le echaban por la ventana.
Recordaba confusamente y con horror el primer cliente qué tuvo. Fue un forastero al que arrancó dos muelas sanas en lugar de una muela enferma. Desde entonces el forastero le buscaba para matarle. Se decía que estaba reuniendo una banda de asesinos con ese fin, pero como el dolor de la muela le dejaba hecho trizas aún no había podido conseguirlo.
El segundo cliente había sido una vieja que ya casi chocheaba.
Billy le había dado el anestésico «a ojo». Total, que la vieja no sólo quedó insensibilizada de la boca, sino de todo el cuerpo. La palmó. Desde entonces los herederos buscaban a Billy no para matarle, sino para darle una recompensa. Billy se había negado a aceptarla porque aquello le parecía el colmo de la inmoralidad. Él aún tenía principios.
Y desde aquel momento se había decidido a cerrar a cal y canto el consultorio por cuya instalación quedó arruinada su «madre».
Echó el candado, a la puerta y puso un letrero que decía: «Cerrado por defunción del dueño». Pero luego le pareció que aquello era quizá un poco exagerado y matizó las cosas algo más. Puso un nuevo cartel que decía:
«CERRADO POR PRÓXIMA DEFUNCIÓN DEL DUEÑO»
Y se quedó tan tranquilo.
Desde entonces se veía obligado a llevar una doble, triple o cuádruple vida. Era un lío. Dentro de las paredes de aquella casa, donde estaban siempre encerradas una ciega y una sorda, él era Kurt, el dentista que tenía los clientes a montones. Fuera de allí, y para el resto de la ciudad, era Billy, el jugador, el tramposo, el borracho, el chorizo, el indeseable, el proxeneta y el ganso. La intención de Billy era ganarse el dinero jugando para traérselo a su «madre» como si lo hubiera ganado sacando muelas, pero como habrá observado el inteligente, lector, la cosa no era tan sencilla como parecía.
La ciega insistió:
—Dime: ¿cuánto has ganado hoy?
—Pues... nada.
—¿Cómo que nada? No es que quiera reprochártelo, hijo, pero en esta casa tenemos que comer. Tú eres lo único que tengo. No es posible que en todo el día de estar fuera de casa un señor licenciado como tú no haya ganado un níquel.
—Claro que he ganado —dijo él con voz animosa—. Naturalmente que sí. Pero los tres clientes que han venido no han podido pagarme porque en aquel momento no tenía cambio. Me traerán el dinero mañana.
La ciega sonrió.
—Eso me gusta, hijo mío —dijo—, que des facilidades a la gente. Pero mañana no te olvides de cobrar.
 
Billy se deslizó subrepticiamente, como un gato apaleado, hacia una de las butacas.
Estaba desesperado.
Maldito fuera el momento en que se metió en aquella aventura sin salida.
Claro que podía terminarla en cualquier momento largándose de allí y abandonando sencillamente a la vieja, pero no tenía corazón para eso. No le quedaba más remedio que intentar ganar algún dinero como fuese.
Buscó en las páginas del único periódico que había en la casa, el Santa Fe Daily. Quizá en los anuncios encontraría algo que le conviniese.
Y de pronto exhaló un suspiro.
Había encontrado la salvación.
Allí estaba la solución de todo si se daba prisa.
El recuadro de la segunda página decía:
SE BUSCA EN TUCSON HOMBRE DECIDIDO PARA TRABAJO FÁCIL. LA LABOR LE OCUPARA ESCASAMENTE DIEZ MINUTOS AL DÍA Y COBRARA VEINTE DOLARES MAS GASTOS DE MANUTENCIÓN. CURIOSOS ABSTENERSE. — PRESENTARSE EN LA CONGREGACIÓN RELIGIOSA DE TUCSON LA CLEMENCIA.
Billy casi dio un salto.
¡Fantástico!
Si le mantenían y se quedaba un par de dólares al día para sus gastos, podría enviar dieciocho pavos al día a su «madre». En un mes ella podría ahorrar lo suficiente para mantenerse una temporadita. Y entonces Billy podría irse en busca de nuevos aires sin sentir remordimientos de conciencia.
Además tenía que ser un trabajo honrado y hasta distinguido, desde el momento en que había que presentarse en una congregación religiosa.
Billy musitó:
—¿Sabes qué, mamá? Creo que voy a tener que irme a Tucson.
—¿Para qué?
—El gobernador del Estado está allí.
—¿Y eso qué importa?
—Me ha escrito pidiéndome que vaya a arreglarle la dentadura. Solamente se fía de mí.
Los ojos de la mujer se iluminaron, aunque no podía verle:
—Oh, hijo, qué gran honor... Arrancarle una muela al gobernador del Estado...
—Se las tendrían que arrancar todas —dijo Billy—. Y sin anestesia.
—¿Qué?
—Nada, nada...
—Ha dicho que tendrían que arrancárselas todas y sin anestesia —dijo la criada india, que estaba al menos a diez metros. Y Billy empezó a sospechar con horror que aquella tía no era tan sorda como había jurado cuando aceptó aquel empleo.
—Es un nuevo sistema —musitó Billy—. Ya verás como el gobernador quedará contento.
—Eso te dará mucha fama, hijo mío —musitó la anciana.
—Sí. Yo creo que toda la población de Tucson asistirá al entierro.
—¿Qué?
—Nada, mamá, nada... Salgo para Tucson mañana mismo.
Había dicho las últimas palabras en un susurro.
Y miró de reojo a la criada india.
Esta, que se hallaba ya a unos veinticinco pasos, murmuró:
—¿Tucson...? Hay una diligencia a las seis y media. Ah... Y no olvide llevarse las cartas...

CAPÍTULO V

 

Cuando Billy llegó a Tucson la ciudad estaba en plena efervescencia. Había elecciones para sheriff y para alcalde, pero sin duda ocurría también algo más. Se mascaba alguna cosa extraña en el ambiente, como si la ciudad estuviera sometida a alguna tensión invisible o sus gentes corrieran algún peligro.
Billy, que prácticamente no tenía dinero, alquiló una habitación de hotel pero no pagó por adelantado. Para que no sospecharan, dejó en prenda su maletín con el instrumental de dentista.
Luego preguntó al dueño:
—Oiga, amigo... ¿Hay aquí una institución religiosa que se llama La Clemencia?
—Sí. Pertenece a la iglesia baptista.
—¿Dónde puedo encontrarla?
—Doble la esquina, a la derecha, y siga la calle hasta el fondo.
—Gracias.
—Ah, oiga... Otras personas han preguntado también por esa institución.
Billy gimió:
—Me lo temía.
Y salió.
Pensó que un empleo tan suculento como aquel (poco trabajo y buena paga) ya debía haber sido solicitado por bastantes personas, de modo que se quedaría sin él. Seguro que ya estaba cubierto. De todos modos tenía que probar.
Vio el local de aquella institución religiosa.
Era una especie de iglesia.
Entró.
Un hombre de aspecto grave, de unos sesenta años y con el pelo ya blanco le preguntó:
—¿Qué desea, joven?
—Pues yo... En fin... Vengo por lo del anuncio.
—Comprendo —dijo el otro sin demasiado entusiasmo.
—Han venido ya otros, ¿verdad?
—Sí.
—El empleo ya debe estar dado...
El hombre meneó la cabeza.
—Pues verá... Ha sido dado ya cuatro veces.
—Vaya... Comprendo que he llegado tarde, maldita sea. Lo siento. Buscaré en otro sitio.
—Espere... Es que los cuatro hombres a quienes se ha concedido el empleo han renunciado poco después:
Billy se volvió incrédulo.
—¿Cómo dice? ¿Que han renunciado a un empleo de poco trabajo y pasta larga?
—No ha sido exactamente porque ellos quisieran hacerlo. Sígame.
Y le hizo una; seña para que le acompañara a una especie de sala que había al fondo de un pasillo. Al abrirse la puerta tapizada de negro, Billy descubrió con pasmo un espectáculo fantasmal. Allí dentro había cuatro hombres muertos.
Uno con una bala en el corazón.
Otro en la frente.
Otro en el ombligo.
Y otro algo más abajo del ombligo, en un sitio que resulta complicadísimo nombrar.
Billy suspiró:
—¡Dios santo!
Y el tipo que le acompañaba dijo:
—Descansen en paz.
Billy se encasquetó el sombrero nuevo que para aquella ocasión se había comprado a plazos.
—Volveré para Navidades —dijo—. Prometo felicitarle las Pascuas.
Pero el otro le sujetó por la chaqueta.
—Oiga...
—Veo que aquí se ha declarado una epidemia —dijo Billy con expresión compungida—. Y, no es por nada, pero me sabría mal morir de la misma enfermedad que ésos. Sobre todo si la enfermedad «me ataca» en el mismo sitio que le ha «atacado» al último.
—Siéntese un momento. Le explicaré.
Billy se sentó, pero dispuesto a saltar a la menor eventualidad. Cada vez le gustaba menos aquello.
—Verá —dijo el hombre de los cabellos blancos—. Ante todo me presentaré. Soy Bannister, administrador de la cofradía.
—Poco gusto.
—Se dice «mucho gusto», amigo.
—No lo tome a mal, pero yo no tengo «mucho» de nada. Y menos de dinero.
—Entonces quizá le convenga este empleo.
—¿De qué es?
—De verdugo de Tucson.
Billy casi pegó un brincó.
—¿Ver... ver... verdugo? —susurró.
—Debió haberlo imaginado, hombre. Poco trabajo, bastante pasta... Una cofradía religiosa... Nosotros somos los que nos encargamos desde hace años de la piadosa tarea de dar sepultura a los cuerpos de los ahorcados. Y una vieja costumbre ha hecho que también nos encargáramos de seleccionar al verdugo de la ciudad.
—¿Qué pasó con el que había?
—Lo liquidaron.
—¿Y a esos otros?
—También.
Billy fue de nuevo hacia la puerta mientras susurraba:.
—He tenido una idea mejor. En vez de volver por Navidades volveré por Año Nuevo.
—Espere.
—¿Qué va a decirme? ¿Que el empleo de verdugo es bueno para la salud?
—¿Cómo voy a decirle eso? Pero sepa al menos que hasta ahora las cosas habían marchado tranquilamente. El cargo de verdugo era un cargo tan descansado como el de alcalde, y encima causaba la muerte de menos gente. Pero desde que se trató de ejecutar a Lutton las cosas cambiaron del todo.
—¿Lutton? ¿Quién es?
—Un cerdo condenado a muerte, aunque dado mi cargo de administrador de la cofradía me esté mal usar esas palabras.
—¿Qué hizo?
—De todo. Es el lugarteniente de una asquerosa banda de forajidos. Roba, mata, viola, engaña, incendia...
—Un angelito, vamos.
—Por eso le han condenado a muerte. Puedo asegurarle que el juicio fue legal y que merece el castigo. Pero entonces empezaron las dificultades. La banda liquidó al verdugo titular. Pensó que así nadie se atrevería a ejecutar a Lutton.
—¿Y éste tendría una oportunidad para escapar?
—Mientras un hombre está vivo tiene oportunidades. Supongo que ése era su plan: llegar a aterrorizar a la población entera, porque nadie aceptaría el cargo de verdugo sabiendo lo que pasaba. Entonces pusimos un anuncio en los periódicos que se venden fuera de aquí.
—¿Y vinieron esos cuatro?
—Bueno... Ayer enterramos a otros cuatro. Y anteayer a tres.
Billy notó que sudaba.
Balbució:
—¿De modo que esos que he visto son la última hornada?
—Sí.
—¿Cómo quiere que yo acepte un cargo si estoy seguro de que me va a costar la piel? Por lo que veo, los asesinos de esa cochina banda llegan a todas partes...
La puerta se abrió de golpe entonces.
Alguien gritó:
—¡Sal
Y un tipo vestido de negro, armado con un rifle de dos cañones apareció en el umbral. Apuntó directamente a la cabeza de Billy con un gesto de rabia.
Pero Billy no era manco.
Sabía disparar desde la cintura.
Incluso sin «sacar».
Movió un poco la mano derecha en la butaca y clavó una bala entre los dos ojos del tipo vestido de negro antes de que éste apretara el gatillo.
Ni que decir tiene que lo dejó fulminado.
El tipejo hizo:
—¡Aaaaaah!
Y quedó arrugado como una piltrafa!
Bannister murmuró:
—¡Qué lástima! Era mi ayudante más inmediato. Nunca hubiera podido imaginar que estuviera a sueldo de la banda.
Billy apenas se había inmutado.
Con aquello de apretar el gatillo a la desesperada era como si volviese a los buenos tiempos.
—Ahora me explico muchas cosas —dijo—. Por ejemplo que supieran todo lo que hablaba y decía usted.
—Desde luego... Le repito que jamás hubiera podido imaginarlo. Como le estaba diciendo, el cargo de verdugo de Tucson es peligroso.
—Ya lo veo.
—Pero estamos dispuestos a doblarle el sueldo. Lutton tiene que ser ejecutado mañana. No hay más solución.
Los ojos de Billy se iluminaron.
Si había para ganar pasta larga la cosa era distinta.
—Creo que aceptaré —dijo—, pero si esos de la banda se enteran gritarán: «¡Muere, perro!»
En aquel momento una ventana que daba a la calle se abrió de golpe.
Un hombre que llevaba una escopeta de cañones aserrados gritó:
—¡Muere, perro!
Billy lanzó hacia atrás la butaca.
Fue algo instantáneo.
Rodó por el suelo mientras su enemigo apretaba uno de los dos gatillos.
Toda la pared del fondo quedó materialmente acribillada, pero no pasó nada más. Rabiosamente, el individúo fue a apretar el segundo disparador.
Ya no tuvo tiempo.
Billy había enviado una bala desde el suelo. Y tampoco falló. Una brecha espantosa se abrió en mitad de la frente de su enemigo.
Este soltó la escopeta y cayó al otro lado de la ventana. Billy exhaló un suspiro de alivio mientras musitaba:
—Pues vaya lío...
Bannister dijo pesarosamente:
—Era mi segundo ayudante. Crea que lamento mucho lo que está pasando. No me extraña que los de la banda lo supieran todo.
—Lo que me extraña es que usted no supiera nada —dijo Billy—. Hace falta ser inocente.
—La inocencia es una virtud que nunca debe perderse, amigo: Antes la vida.
—Pues es la vida lo que se pierde, compadre. Vaya usted haciéndose el inocente y verá lo que le pasa.
Bannister le miró por un momento con ojos llenos de entusiasmo.
La sangre fría de Billy le admiraba y le aterrorizaba a la vez.
Musitó:
—Oiga, es usted un tío...
—Acepto el empleo —dijo Billy—, pero con una condición.
—¿Cuál?
—Mil pavos por adelantado. Y ahora.
—¿Ejecutará usted a Lutton?
—Délo por difunto. Ya puede empezar a cantar salmos por él.
—Le advierto que tendrá usted que ponerse un uniforme bastante espectral. Hábito y capucha negra.
—Ya imaginaba que no me vestirían de bailarina —dijo Billy—. Venga la pasta.
—En seguida se la doy.
—Otra cosa —dijo Billy—. ¿Tengo vacaciones?
—Claro. Puede ponerse de acuerdo con algún condenado y dejan le ejecución para cuando usted vuelva.
—Así da gusto., ¿Y los condenados qué suelen decir?
—Todos son partidarios de la justicia social y de que la gente haga vacaciones largas.
—¿Tendré pagas?
—Sí. Cada diez muertos le dan a usted una prima de productividad, en el caso de que no haya protestas.
—¿Protestas de quién?
—De los muertos.
—Ah... Entonces procuraré tratarlos bien. ¿Y cobraré horas extraordinarias?
—Mire... La jornada legal es de nueve horas. Si usted se pone a colgar a alguien y el tío tarda nueve horas y media en morirse, pues esa media hora usted la cobra aparte.
Billy arrugó un poco el ceño.
Pero, en, fin, quizá encontraría a algún condenado de buena voluntad que no tuviera prisa en morirse.
Bannister susurró:
—¿Definitivamente acepta?
—Sí.
—Venga esa mano.
—Venga antes esa pasta.
—Tiene razón... En fin... Le pagaré mil dólares por adelantado como usted ha dicho.
Se dirigió a un elegante mueble de rinconera y abrió un cajón del que extrajo un abultado fajo de billetes. Después de contarlos separó otro fajo más pequeño que tendió al joven.
—No se los gaste en mujeres ni en vino —recomendó.
Billy se dio prisa en guardar los billetes mientras murmuraba:
—Estaría bueno que ahora, usted, creyéndome desprevenido, gritara: «¡Yo también soy de la banda, maldito!»
Y fue hacia la puerta.
En aquel momento Bannister gritó a su espalda:
—¡Yo también soy de la banda, maldito...!
Y fue a sacar un «Colt» del cajón que no había acabado de cerrar aún.
Billy apenas tuvo tiempo de volverse.
Menos mal que estaba entrenado para tirar en situaciones desesperadas.
Las mesas de juego en los peores lugares de Nuevo México enseñan otras cosas, aparte de enseñar a manejar las cartas.
El plomo alcanzó de lleno en el corazón de Bannister antes de que éste disparara. Dio un cuarto de vuelta sobre sus tacones y se estrelló contra la pared.
Billy murmuró:
—¡Qué lástima! ¡Un señor que parecía tan serio!
Y fue a la oficina de correos para enviar ochocientos dólares a su «madre» y escribirle una carta dónde dijera: «Por la primera muela, entrando a mano derecha, del gobernador del Estado de Nuevo México.»

CAPÍTULO VI

 

Lo primero que hizo después de eso fue ir a la cárcel. Estaba anocheciendo cuando llegó porque el tiempo pasaba muy aprisa. El guardián que estaba en la puerta le miró con cara de pocos amigos. Y su rifle con cara de menos amigos todavía.
—¿Quién es usted? —masculló.
—Me envía Bannister.
—¡Qué raro! Bannister ha estado diciendo durante dos días que enviaba gente y no ha enviado a nadie. Usted es el primero.
—Todo llega, amigo.
—No me diga que es el nuevo verdugo.
—Acertó.
—¿Y cómo me lo prueba?
—Traiga una cuerda y verá.
—Déjese de idioteces, maldita sea. Al menos enséñeme su paga. Los billetes que da Bannister siempre son nuevos y además les hace una pequeña mancha roja.
Billy los enseñó. En efecto, eran así. El guardián se sintió más confiado después de verlos, circunstancia que aprovechó para quedarse uno.
Pero Billy también le había birlado la bolsa del tabaco.
Más o menos estaban en paz.
—Puede entrar —dijo el guardián—. La contraseña es «Mañana». Encontrará a Lutton en la celda del fondo, que es la más segura.
—¿Y por qué la contraseña es «Mañana»?
—Pues porque mañana ejecutan al cerdo de Lutton. Al amanecer. Usted serán quien le dé el pasaporte.
Y le señaló el interior del patio.
Había allí un patíbulo de primera clase. Y un par de docenas de sillas distribuidas entre los cuatro lados. Billy tragó saliva.
Los patíbulos nunca le habían hecho gracia.
No se imaginaba él a la mañana siguiente despachando a sangre fría a un prójimo, aunque ese prójimo fuera tan indeseable como Lutton.
La cara del tío no le gustó.
Tenía cara de hiena.
Y seguramente lo era.
Los delitos de que le acusaban, y que podían leerse en la copia de la sentencia colgada junto a la puerta, eran repulsivos. Nada menos qué cinco asesinatos, cuatro atracos y dos violaciones.
Se le condenaba a cuatro penas de muerte.
Billy pensó que si le tenía que colgar cuatro veces cobraría horas extra.
Lutton le miró desde el fondo de la celda a través de la ventanilla.
—¿Quién eres tú, perro? —preguntó.
Billy sonrió educadamente.
—El que hace los últimos trabajos —dijo con expresión fina, porque le molestaba emplear según qué palabras.
—¿Qué...?
—Me obligarás a decirlo. Soy el verdugo.
Lutton palideció mortalmente.
Hizo gesto de no creerlo.
Billy susurró:
—Estabas seguro de que nadie se atrevería, ¿verdad?
—Todavía... no puedo creerlo.
—Veo que los tentáculos de tu banda llegaban a todas partes... ¿Y tu jefe? ¿Te había prometido salvarte tu jefe?
El otro dijo con voz que temblaba:
—Sí.
—¿Quién es tu jefe?
—No te importa, perro. Y oye una cosa...
—Puedes decir lo que quieras, Lutton. Yo estoy aquí para escuchar todas tus palabras, preferentemente las últimas.
—No llegarás a matarme —masculló el condenado, lívido de ira—. Óyelo bien: no saldré por la puerta que lleva al patíbulo. Serás tú el que muera antes. Más vale que reces tus últimas oraciones... si las recuerdas.
La voz había tenido una seguridad especial, las palabras habían sido pronunciadas con una saña que llegaba a helar las venas. Billy pensó que aquel tipo sabía lo que se decía. Los brazos de la banda aún eran muy largos seguramente. Aún podían llegar hasta su garganta y estrangularle.
Pero se encogió de hombros.
No le gustaba ser verdugo.
Sin embargo no cedería tampoco ante las amenazas de aquel bicho.
Leyó las órdenes que había en una tablilla, debajo de la copia de la sentencia. A las ocho, última cena. A las diez, confesión si el preso la pedía. A las doce, café en cantidad. A las dos de la madrugada, un vaso de licor fuerte. A las cuatro otro. A las seis un nuevo trago antes de salir para el patíbulo. A las seis y diez, según las órdenes, tenía que estar todo concluido.
Billy no estaba tan acostumbrado a aquellas muertes tan reglamentadas. Lo suyo era el zambonbazo por sorpresa, que resultaba más cómodo y bastante más barato.
Pero se encogió de hombros y miró el reloj del pasillo. Con voz llena de indiferencia preguntó:
—¿Qué quieres para la última cena?
—Te la tragas tú.
—¿Con quién quieres confesarte?
—Te confiesas tú.
—¿Qué licor prefieres?
—Ojalá te ahogues en él.
Billy suspiró:
—La empresa de la cárcel de Tucson agradece su colaboración, amigo —dijo.
Y se largó a una habitación pequeña donde había una mesa y dos sillas. En la puerta se leía: «Ejecutor de la justicia».
Alguien había escrito debajo: «Así te pudras».
Billy tomó un pedazo: de tiza, de la pizarra en que se indicaban los horarios y escribió debajo: «Tu padre».
Uno de los guardianes se acercó sonriendo.
—Perdone —dijo—, pero aquí falta algo.
Y escribió debajo: «El tuyo».
Billy resolvió olvidarse de aquello. No iban a pasarse escribiendo toda la semana, ¿verdad?
Se sentó detrás de la mesa y pronto quedó dormido.
Realmente la tensión de los últimos días le había cansado bastante. Al menos en la cárcel se estaba tranquilo, y aquel silencio... ¡era tan reconfortante! Apoyó la cabeza en los brazos, puso éstos sobre la mesa y quedó groggy poco después.
Tuvo una serie de deliciosos sueños.
Botellas de whisky.
Nenas.
Fajos de billetes.
Besos ansiosos con señoras de campeonato...
Pasos que se acercaban...
Billy se incorporó un poco:
Pasos que se acercaban...
¿Seguía soñando aún? ¿O no? ¿O es que aquellos pasos se acercaban a él realmente?
Fue a levantar la cabeza del todo.
Y de pronto se dio cuenta de que era cierto.
¡Por su espalda llegaba alguien!
Intentó volverse, pero ya no pudo. Algo duro e implacable se abatió contra su nuca. Billy cayó nuevamente de bruces sobre la mesa.
Mil lucecitas se encendieron en su cráneo.
Notó confusamente que le atizaban otra vez.
Luego todo se borró.
Fue como hundirse en un pozo negro.
Pero aún tuvo tiempo de recordar la última amenaza de Lutton: no llegarían al patíbulo. Aún tuvo tiempo de pensar que la banda había dado con él incluso en el interior de la cárcel. Aún tuvo tiempo para darse cuenta de algo espantoso y definitivo: de que aquello era ni más ni menos que la muerte.
Perdió del todo el conocimiento.
Se hundió velozmente en la sima de la que ya no se regresa.

CAPÍTULO VII

 

Por eso la sorpresa que Billy tuvo horas después fue tan violenta. Por eso retornar a la vida le pareció tan increíble como el ataque sufrido mientras estaba en la habitación del verdugo.
Lo primero que sintió fue un enorme dolor en toda la cabeza.
Apenas podía moverse.
Pero, sin embargo, los pensamientos giraban en torno suyo como moscas enfurecidas. Sin embargo aún pudo pensar que aquello no tenía sentido.
¿Por qué no le habían matado?
¿Por qué tenía las manos libres?
¿Por qué le permitían volver a la vida?
Y no era eso lo más raro.
Alguien le estaba ayudando.
¡Alguien le estaba «despabilando mientras le echaba poco a poco un chorro de agua en la cara! Por fin pudo abrir los ojos.
Y vio alguien frente a sí. Una figura alta (a él se lo pareció mucho más porque estaba en el suelo) y realmente siniestra. Porque aquella figura iba cubierta con un hábito y una capucha negros.
El uniforme del verdugo.
Billy pensó confusamente: «¡Pero si el verdugo soy yo!»
No lo entendía.
Pero aún entendió menos las cosas a partir de aquel momento. Porque la capucha no se movió de sitio, pero en cambio el hábito negro se abrió un poco por la mitad.
Y entonces sí que Billy por poco da un brinco.
Vio unas piernas.
¡Pero qué piernas!
Vio una parte central del cuerpo apenas cubierta por una prenda que hoy llamaríamos la pieza inferior de un bikini.
¡Pero qué parte central del cuerpo, amigos!
Vio incluso más cosas.
Estas un poco más arriba.
Dos reproducciones del globo terráqueo.
¡Pero qué «reproducciones»!
Billy gimió:
—La India... ¿Dónde está la India? ¡Yo quiero tocar la India!
Luego el hábito se cerró. La sesión había terminado. Billy por poco se desmaya de nuevo.
Pero al menos ya sabía quién estaba frente a él. Por asombroso que resultara, era una mujer. ¡Y qué mujer! ¡Una tía de campeonato!
Ella ordenó secamente:
—Levántate.
Billy fue a agarrarse. Y de qué modo...
Pero la extraña desconocida se apartó a tiempo. Billy cayó de bruces mientras lanzaba una maldición.
Ella musitó:
—Te he dicho que te levantes, no que te agarres.
—Es que estoy muy débil...
—No lo parece.
Billy se pudo al fin incorporar un poco. Consiguió sentarse en la misma silla donde le habían atizado.
Ella se sentó en la silla frontera.
No le preocupó demasiado que el siniestro hábito se abriera por el centro otra Vez. Pero a Billy si que le preocupó, porque un poco más y cae otra vez a tierra. Hubo de sujetarse.
Entonces ella se quitó la capucha. Y el joven quedó pasmado. Si las piernas eran sensacionales, si el ombligo estaba como para untar pan y si las dos «reproducciones» del globo terráqueo parecían llenar la habitación entera, la cara no desmerecía de todo aquello. La cara era una de las cosas más selectas, más bien terminadas, más finas que Billy recordaba haber visto. Enmarcada en una larga cabellera de color caoba, que la chica se había recogido para que no sobresaliera por debajo de la capucha, el espectáculo fascinante que se ofreció a los ojos de Billy hizo qué tuviera que sujetarse a la mesa otra vez.
Fuera se oían voces. Pero no en el pasillo donde ellos se encontraban, sino en el patio. Llegaban a través de un ventanuco enrejado.
Debían ser los invitados a la ceremonia de la ejecución, que se iban alejando poco a poco.
Alguien decía:
—Ha sido extraño lo de Lutton.
—Yo creí que era más valiente.
—Pues hasta el momento de subir al patíbulo lo ha sido...
—Y hasta se ha reído del verdugo.
—Pero luego ha ocurrido aquella cosa incomprensible —dijo alguien más.
—Sí... Nadie lo entiende.
—El verdugo casi le ha abrazado al ceñirle la soga al cuello.
—¡Muchachos! ¡Qué grito de horror ha lanzado entonces Lutton!
—Sí. Ha sido una cosa absurda.
—Puede que el verdugo le haya insultado.
—Tonterías. Los insultos no causan ningún efecto en los tipos como Lutton, que tienen la piel de elefante.
—Yo creo que en el último momento se asustó. En el fondo ese tipejo debía ser un cobarde.
—Bueno, no hay que preocuparse más por él. Ahora ya está muerto.
—Y de qué manera...
—La cuerda era tan fina que por poco le siega el cuello como una navaja de afeitar.
—Menudo verdugo hemos contratado en Tucson ahora...
Billy sudaba. Se pasó maquinalmente un dedo por el cuello, como si una cuerda invisible estuviera también penetrando en su garganta.
Hasta entonces, mientras pasaban todos aquellos hombres junto al ventanuco, ellos dos habían guardado silencio quizá para que no les delataran sus palabras. Pero luego renació la tranquilidad. Estaban solos en aquella pequeña zona de la cárcel, correspondiente al verdugo, donde nadie iría a molestarles. La gente no suele querer tratos con los verdugos, y menos inmediatamente después de una ejecución.
Al fin Billy musitó:
—¿Usted me ha golpeado?
—Sí.
—Pues lo ha hecho muy bien, porras...
—No le he atizado con una porra. Le he atizado con una barra de hierro.
A Billy aún le dolía la nuca.
Susurró:
—No hace falta que lo diga...
—Por un momento he tenido miedo de haberle matado, pero celebro que esté bien. Lo celebro sinceramente.
—Siempre es un consuelo, aunque ya no me sirva de nada.
E inclinándose un poco más sobre la mesa para ver mejor el panorama, preguntó:
—¿Cómo se llama usted?
—Sigi.
—Supongo que tendrá mil cosas que explicarme. Supongo que si ha vuelto aquí es para explicarme algo...
—Se equivoca.
—¿Me equivoco...?
—Sólo he vuelto para ver si aún vivía y para cambiarme de ropa. No puedo ir por la calle con esta capucha.
Billy susurró entusiasmado:
—Pues cámbiese, cámbiese...
Ella no se hizo de rogar. O aquella chica tenía tina desvergüenza total o estaba tan desanimada por algún motivo secreto que no le importaba demasiado el detalle de que un hombre la viera así. Se despojó del siniestro hábito y abrió uno de los cajones de la mesa, de modo que el atónito Billy casi pudo rozarla. De ese cajón extrajo un equipo completo: zapatos, medias, ropa interior y un vestido de color negro.
Sin demasiada prisa, se puso todo aquello.
El espectáculo era fascinante.
Billy estaba con la boca abierta.
No se atrevió a moverse.
Porque si se mueve se cae.
Cuando ella estuvo vestida del todo y cuando se hubo soltado su larga melena color caoba, resultó una chica como para alquilar sillas para verla cuando pasara por la calle. Pero, por lo demás, parecía una muchacha de lo más apacible y educada. Nadie la hubiera relacionado de ninguna manera con la siniestra figura de un verdugo.
Fue hacia la puerta y dijo:
—Adiós.
Billy se puso en pie al fin.
—Oiga...
—¿Qué pasa?
—¿Sabe que podría detenerla? Me bastaría con dar la alarma. Usted ha atacado a un funcionario de la cárcel cuando se disponía a prestar un importante servicio. Me temo que si yo cuento lo que ha pasado no la dejarán salir.
Ella apretó los labios.
—¿Hará eso? —murmuró, aunque no estaba asustada ni mucho menos.
—No descarto la posibilidad de hacerlo. Y tampoco es tan grave lo que quiero, maldita sea. Sólo sé su nombre. Quiero saber también por qué ha estado a punto de romperme en pedazos la cabeza.
—Para sustituirle. Quería ser yo el verdugo. Lo necesitaba.
—¿Lo necesitaba? ¿Por qué razón?
—Me temo que sea una larga historia.
—Puede contarla en breves palabras —sugirió él—. Quizá sea yo una de las pocas personas en este mundo que tenga derecho a saberla.
Ella suspiró mientras se apoyaba en la puerta. Con voz tranquila y que en cierto modo estaba cargada de indiferencia preguntó:
—¿Usted se hizo verdugo porque odiaba a Lutton?
—No, nena. Yo sólo lo hice por la pasta. Pues menudo oficio de las narices es éste para hacerlo en plan amateur...
—¿Sabía quién era Lutton?
—Un bicho. Asesino, salteador, violador de mujeres...
Los ojos de la preciosa hembra se entrecerraron.
—Justo —dijo.
—¿Ju... justo?
—Una de las mujeres ultrajadas fui yo.
Billy tuvo un estremecimiento.
Casi sintió envidia.
Pera también asco.
Fue un sentimiento muy difícil de definir.
—¿Por eso querías... vengarte? —musité»
—Sí.
—Voy comprendiendo —dijo Billy suavemente.
—Por eso quise ser yo quien le matara —murmuró Sigi con voz reconcentrada, dónde aún palpitaba el odio—. No pude conseguirlo antes de que lo metieran en la cárcel. Pero me juré a mí misma que incluso dentro de la cárcel llegaría a moverse el brazo de mi venganza.
—¿Y has... tenido el placer de ahorcarle tú misma?
—Claro que he tenido ese placer. El no ha sabido nada hasta que le he ceñido la soga al cuello. Pensaba que el verdugo eras tú, porque ese hábito y esa capucha deforma cualquier figura., Pero en el momento de ajustar el lazo, cuando casi le abrazaba, le he dicho en voz baja: «Recuerdos de tu querida Sigi». Y he permitido que el hábito se abriera un poco. El ha podido verme como... como me tuvo aquel maldito día en que fui suya. Y entonces ha lanzado aquel grito de horror. Entonces se han dado cuenta todos de que moría como un cobarde.
Billy tenía la boca seca.
Aquella mujer le admiraba y le asustaba a un tiempo. Pero le admiraba sobre todo. Era un verdadero carácter. Era de esas hembras que saben llevar el odio y el amor hasta más allá de la muerte.
—De modo que por eso me has sustituido... —musitó.
—Sí.
—¿Cómo has podido llegar hasta aquí? No te habrá sido fácil...
—Más de lo que supones. He dicho que era la esposa del nuevo verdugo. Eso y una discreta exhibición de piernas, prometiendo al guardián que quizá habría una propinita para él, cobrada en especie, ha bastado. Me he dejado cachear para que se convencieran de que no llevaba armas. Y qué modo de cachearme, amigo... Se han puesto las botas los tíos, de tanto meter mano. Pero yo sé que todo tiene su precio. Pocos instantes después me dejaban ante esta puerta.
—Y yo dormía como un bendito...
—Como un bendito no. Como un maldito...
—De acuerdo, Sigi. Y a poco me duermo como un difunto. ¿Pero puede saberse qué vas a hacer ahora?
—Salir tranquilamente. Y procura no avisar a nadie porque podrías lamentarlo. Yo no perdono.
—Ya lo veo, ya lo veo...
—Me estoy preguntando si no debí haberte golpeado con la barra de hierro otra vez.
—¿Para qué?
—Para volverte a dejar sin sentido.
—Hay otro sistema más seguro, hermana.
—¿Cuál?
Bill ya se había aproximado.
Y susurró:
—Este.
La besó en la boca.
La besó a modo.
Dejándola hecha cisco.
La besó como un verdugo.
Bueno, como lo que era.
La chica aguantó bien.
Y hasta colaboró un poco, la muy maldita.
Después del beso se oyó un sonoro «tlonc».
Billy había caído al suelo, recto como un poste.
Antes de hundirse en una especie de delicioso sueño, en el que se vio como un sultán dueño de un harén lleno de Sigis, pudo oír que la puerta se abría y ella decía en voz baja:
—Hum... Pues no ha estado mal del todo. Lástima que se me haya desmayado cuando empezaba a encontrarle el gusto...

CAPÍTULO VIII

 

Billy no supo cuánto tiempo había pasado hasta que pudo incorporarse y sentarse de nuevo en la silla. Una combinación de barra de hierro y labios de Sigi era demasiado para cualquier tío de carne y hueso. Por eso estaba todavía con las deliciosas visiones del harén cuando la puerta se abrió de nuevo.
—Nena... —dijo.
Un tío con barba de medio metro se coló en la habitación.
—¿Qué pasa? —dijo.
Billy abrió mucho los ojos.
—Perdón, me parece que me he equivocado —susurró.
—Has dicho «nena».
—Debía estar pensando en otra cosa.
—Seguro, porque yo de «nena» nada. Oye, verdugo de las narices.
—¿Qué?
—Se han llevado el cadáver de Lutton.
—Lo celebro. Yo no lo quería para nada. Antes, en mi larga carrera de verdugo, me comía los hígados de los ajusticiados, pero ahora ya no me gustan.
—Déjate de cuentos. Lo que quiero hacer es avisarte.
—¿De qué?
—Los que han venido a llevarse el muerto eran cuatro elementos de la banda, seguro. Lo que pasa es que no podíamos; probarlo. Se han presentado aquí como familiares, y al largarse a caballo han jurado que el verdugo pagaría esto. Han jurado que adornarían sus látigos con las tiras de tu piel.
Billy se estremeció.
¡En menudos líos se había metido desde que conoció a Kurt! ¡Con lo bien que él vivía hasta entonces!
—¿Y tú qué harías en mi lugar? —preguntó—. Si con mi piel hubiesen de adornar unos zapatos de señora, pase. Pero adornar látigos de tíos con barba, ni hablar.
—En tu lugar yo me daría el piro.
—¿Adonde?
—No sé. A cualquier sitio. A cualquier lugar donde la banda de Lutton, cuyo jefe superior todavía vive, no pueda dar contigo. Además tienes una ventaja.
—¿Cuál?
—No te han visto la cara. Nadie sabe cómo eres, a excepción de unos pocos guardianes de la cárcel. Si sigues aquí te acabarán identificando todos, pero si te largas ahora mismo habrás desaparecido como un fantasma. Podrás estar trabajando a diez millas y los de esa cochina banda no sabrán jamás que eres tú quien le ha dado el bote a Lutton.
Billy meneó la cabeza.
Comprendió que aquel consejo era de lo más razonable. No había motivo para jugarse la piel allí, sobre todo habiendo cobrado ya un anticipo tan sustancioso. Lo mejor era quedarse con la pasta y largarse sin haber dado golpe.
—Creo que voy a seguir tu consejo, amigo barbas —dijo—. Me doy el piro inmediatamente de esta cochina cárcel.
Y salió.
Estaba dispuesto a buscarse trabajo en cualquier sitio de las cercanías. En cualquier sitio al que no llegaran las balas de los hombres que Lutton mandó un día.

CAPÍTULO IX

 
 
Por fortuna para él, los ranchos de la zona de Tucson pasaban por una buena época y había trabajo en abundancia. El joven se presentó al día siguiente en uno para enrolarse cómo vaquero, pero sus ropas demasiado elegantes no convencieron al capataz.
—Tú no has sido vaquero nunca —dijo a Billy.
—Bueno... Lo he sido a veces. Y he montado a caballo más que usted.
—¿Cuándo has montado a caballo tú, desgraciado?
—Cuando huía de los acreedores.
—¿Y no te han atrapado nunca?
—Nunca.
—Pues entonces quedas admitido.
Billy le tendió la mano derecha.
El otro pensó que era para estrechársela.
Pero Billy dijo:
—A propósito de deudas: ¿puede usted prestarme veinte dólares?
—¡Noooooo...!
En aquel momento llegó uno de los jefes de equipo.
—¿A este vaquero has contratado? —preguntó.
—Acabo de hacerlo.
—Pues no tiene pinta de vaquero.
—¿De qué tengo pinta? —preguntó Billy.
—De macarra.
Billy disparó el puño derecho.
El jefe de equipo salió despedido por los aires.
Acabó estrellándose contra una cerca.
Billy creyó que el otro sacaría el revólver, pero en lugar de eso lo que hizo fue preguntar:
—¿Esto lo has hecho en serio o en broma?
—En serio.
—Ah, menos mal, porque bromas yo no las aguanto. Quedas admitido.
Billy empezó a animarse.
Había caído en un buen sitio. Pensó que, entre guantazo y guantazo, se encontraría a gusto allí.
Pero entonces vino Holmes.
Holmes era el dueño. Se le veía fuerte, seguro de sí mismo, convencido de que el mundo era suyo. Vestido con ropas vaqueras, pero de alta calidad, se acercó al grupo y miró a Billy pensativamente.
—¿Habéis contratado a éste? —preguntó.
—Sí, jefe.
—¿Para vaquero?
—Ujú.
El jefe de equipo dijo:
—Ha traído una carta de recomendación.
Y se frotó, la mandíbula.
Pero Holmes no parecía muy convencido. Miraba aún pensativamente a Billy.
—Tú tienes aspecto de servir para otras cosas —murmuró—. ¿Sabes escribir? ¿Conoces la contabilidad?
—He llevado una casa de juego —mintió Billy a medias. Porque nunca había administrado una casa de juego, pero hubiera sabido administrarla.
—Yo buscaba un secretario —dijo Holmes—, y tú puedes servir. Vaqueros se encuentran muchos; administradores que sepan su oficio, no tantos. Te quedarás a prueba durante dos semanas:
Billy asintió.
La verdad era que se hubiera sentido más a gusto con los caballos que con los números. Pero hay momentos en que uno no puede elegir.
Un día después estaba aposentado en aquel rancho. El sueldo era bueno y pensó que podría enviar regularmente remesas a su «madre» para que ella viviera decentemente. El despacho en el que trabajaba estaba contiguo al gran despacho de Holmes. Debía repasar los libros de contabilidad, cosa que para él resultaba sencilla.
Y aquella tarde estaba sumido en su trabajo, con la puerta sólo entornada por si Holmes le llamaba cuando oyó que se abría la entrada principal del despacho. Una suave voz femenina dijo:
—Hola, Pat.
Holmes se llamaba Patrick de nombre. No era, pues, extraño que alguna persona que le conociera bien emplease el diminutivo «Pat».
Pero no fue eso lo que llamó la atención de Billy.
Fue la voz.
Él la había oído antes. ¿Pero cuándo...?
De pronto pegó un brinco.
¡Por una legión de diablos...!
¡Era una voz que había oído por primera y única vez en la cárcel de Tucson! ¡Era la voz de Sigi!
Pensó que Holmes saltaría en seguida para besarla, ya que la voz de la muchacha había sido cariñosa y llena de promesas. Billy se dijo que hay tíos que nacen con estrella y otros estrellados.
Pero, ante su sorpresa, la voz de Holmes —que ya debía acordarse de que Billy estaba en la habitación de al lado— sonó despectivamente al preguntar:
—¿Cómo te has atrevido a venir aquí?
—Soy tu prometida, Pat.
—Lo «eras».
—Pat, tú y yo nos conocemos casi desde la niñez. Eres el único hombre al que he querido.
—De acuerdo, de acuerdo... Y nos prometimos hace un año. Muy bien. Todo eso es perfecto. ¿Qué pasa?
—Nada, Pat. Sólo que he vuelto.
—Y yo te pregunto por qué te has atrevido.
—Me echaste como a una perra, Pat. Y si es terrible ser cruel con los animales, más terrible aún es ser cruel con una mujer que te quiere.
La voz de Holmes sonó más despectiva aún:
—Tú has deshonrado mi honor. La prometida de Patrick Holmes no puede haber sido «usada» por ningún otro hombre.
Se oyó una especie de sollozo.
—Tú sabes que fue a la fuerza, Pat. Yo jamás hubiera consentido. Aun así permití que me echaras de tu lado porque pensé que, en efecto, tu honor había sido dañado. Y no paré hasta dar con un sistema de repararlo.
—Hay cosas que no se arreglan —dijo bruscamente él
—Esta sí. E imagino que cambiarás de opinión si sabes que yo misma he matado con mis manos al hombre que me ultrajó.
—¿Tú has matado a Lutton?
—Sí.
—Mientes, golfa.
—Te juro que no miento, Pat.
—Lutton murió en la cárcel. Lo liquidó el verdugo.
—Cierto, pero hay algo que tú no sabes aún. El verdugo era yo. Conseguí ocupar su lugar aún a riesgo de mi propia vida.
Se oyó una especie de gruñido. Estaba claro que Holmes no la creía. Luego sonó una seca carcajada.
—Estoy acostumbrado a que las mujeres se arrastren delante de mí —dijo el ranchero—, pero a que mientan de un modo tan descarado no me acostumbraré nunca. Lárgate de aquí. Vete, zorra.
—Pat, yo te juro...
—He dicho que te vayas. Y si quieres, en el colmo de la bondad hacia ti, te daré una carta de recomendación para que encuentres trabajo.
—¿Trabajo dónde?
—En La Estrella.
—La Estrella es... es una casa de mujeres...
—Pues por eso mismo. Y ya iré a hacerte una visita de vez en cuando. Te advierto que pago bien, como tú estás acostumbrada.
Se oyó un gemido.
Y luego otra sorda carcajada de Holmes.
Billy estaba lívido.
Lo había oído todo desde el otro lado de la puerta; sin atreverse a intervenir, pues el mismo asombro que sentía le mantenía inmovilizado. Pero ahora ya no pudo más. Atravesó la puerta y se encontró con los ojos cargados de lágrimas de Sigi cuando ésta ya iba a salir del despacho.
Ella se estremeció de asombro.
Esperaba cualquier cosa menos encontrar a Billy allí.
Pero Holmes también se estremeció, y no de asombro precisamente, sino de indignación. Alzando los brazos masculló:
—¡Tú, muerto de hambre! ¡Fuera de aquí!
Billy dijo solemnemente:
—Me marcharé cuando haya terminado mis trabajos, Señor Holmes..
—¿Qué trabajos?
—Tres. El primero de ellos decirle que esta señorita le ha contado la verdad. Ella ahorcó a Lutton.
—¿Y tú cómo lo sabes, desgraciado?
—Porque yo era el verdugo a quien sustituyó muy a pesar mío. Por eso sé que lo hizo.
—No te creo. Estás conchavado con ella...
Billy no se inmutó, sino que continuó hablando tranquilamente y con voz cada vez más glacial.
—Ya he terminado mi primer trabajo —dijo—. Queda el segundo.
—¿Cuál es?
—Decirle que usted, en su puerca vida, no ha merecido una mujer como Sigi. Que ella haya hecho lo que hizo por lavar el dudoso honor de usted, es algo que no tiene precio. Que después de haber sido arrojada de aquí como una zorra por algo que no fue culpa suya. Que después de saber que no la quería... Que después de todo eso aún se juegue la vida por dar satisfacción a un buitre de su categoría, Holmes, es algo que la coloca a la altura de las estrellas, mientras usted queda a la altura del fango. Nunca merecerá una mujer de la categoría de Sigi, y por eso ha sido un imbécil al rechazarla de nuevo. No sé qué sentimiento me inspira más: si asco o lástima.
Holmes estaba mortalmente pálido.
No hubiera esperado aquel discurso jamás.
Sus dientes chirriaban de rabia, aunque no se atrevía a moverse.
Pero Billy aún no había terminado.
Siguió diciendo con voz implacable:
—Le he hablado de tres trabajos y sólo he terminado dos. Me queda el tercero.
—¿Y en qué... consiste?
—En esto.
Billy disparó su puño derecho.
Fue un impacto atroz.
Holmes, que era un contumaz jugador, empezó a ver ases, escaleras reales y escaleras de color volando dentro de su cabeza.
Fue a sacar un revólver del cajón central de su mesa, pero ya no pudo. Billy le acababa de asestar otro terrible gancho. Y a pesar de que Holmes no era un alfeñique, ni mucho menos, salió despedido hacia el otro lado del lujoso despacho después de dar dos ridículas vueltas sobre sí mismo.
Luego Billy se frotó las manos.
—No se preocupe por la cuenta —dijo—. Ya he cobrado.
Sigi dijo secamente:
—Y él también.
Salieron los dos del despacho. Momentos después se alejaban del rancho en dos caballos. El capataz, que los vio alejarse sin poder impedirlo, se rascó la cabeza y dijo al jefe de equipo:
—¿Qué te parece? Se la lleva...
—Ya te dije yo que ése vivía de las tías.
—Miserable...
—Cerdo...
Luego se miraron los dos.
—Oye... ¿Y qué hay que hacer para vivir de las tías?
—No sé, pero se lo podríamos preguntar al patrón.
—Pues vamos ahora mismo.

CAPÍTULO X

 

La verdad era que la situación no se presentaba demasiado fácil para Billy. Menos mal que tenía dinero de momento, pero necesitaba encontrar trabajo porque tenía a su cargo a una mujer. Y teniendo en cuenta que era un perseguido, las cosas se presentaban bastante complicadas para él.
Después de galopar casi toda la tarde, aun a riesgo de reventar a los caballos, se detuvieron por la noche en un pequeño hotel situado a la entrada de la población de Cortes. Allí casi todo el personal era mexicano, y el ambiente resultaba animado y alegre. Aquel ambiente no cuadraba demasiado con la cara que tenía Billy, una cara de ataúd de tercera pagado a plazos.
Alquiló dos habitaciones separadas, una para Sigi y otra para él. Y estaban los dos en una mesa aislada del comedor del hotel, todo pintado de blanco y con grandes ventanales que daban a los porches de la plaza, cuando ella musitó:
—Creo que... que esta vez soy yo la que debe hacerte muchas preguntas, Billy. Pero no me contestes si no quieres.
—No te preocupes. Te contestaré.
Ella hizo una primera pregunta que quizá sonó un poco extraña:
—¿Por qué estás tan triste?
—Por la misma razón que podrías estarlo tú. Somos dos perseguidos. Mejor dicho, el perseguido soy yo, pero tú me acompañas.
—¿Quién viene a por ti?
—¿Y lo preguntas? Los hombres de Lutton y el jefe supremo de la banda querrán liquidarme porque piensan que yo lo ahorqué. En cuanto a tu ex prometido reunirá a sus hombres para que me liquiden. No creo que perdone las dos «ofensas» que tuve el placer de inferirle con los dos puños.
—La situación es muy grave, Billy. Y todo por mí...
—Olvídalo. Lo de Lutton nadie podía evitarlo.
—Pero en lo de Holmes te metí yo, Billy...
—Te equivocas. Me metí yo mismo.
Los ojos de la muchacha se entrecerraron. Por ellos pasó una turbadora expresión de nostalgia.
—Nunca podré pagarte lo que has hecho, Billy, sobre todo después de los pocos motivos de gratitud que tenías hacia mí.
—Divida eso también. Cualquier hombre honrado y que conociera, la auténtica historia hubiese hecho lo mismo.
Los ojos de la muchacha estaban húmedos.
—A veces pienso que... que he sido una tonta, Billy.
—Resulta muy natural que una chica esté enamorada de un hombre al que conoce hace tantos años.
—Es qué... es que no había tratado a ningún hombre más que a él, ¿sabes? Nuestras familias eran amigas. En cierto modo nos criamos juntos. Llegar a convertirme un día en su esposa me parecía lo más natural del mundo.
—Te comprendo.
—Tanto que cuándo aquello... cuando aquello ocurrió, consideré un deber decírselo. No podía engañarle.
—¿Él no lo hubiera sabido?
—No.
—Pues fue muy noble por tu parte, Sigi. No sé hasta qué punto Holmes lo merecía.
—Ahora me doy cuenta de que no. Pero resulta terrible para una mujer despertar a según qué sucias realidades de la vida.
El joven le pasó uní vaso de vino a través de la mesa. Quería confortarla. Con un gesto suave ella lo rechazó.
—Gracias, no necesito beber... Prefiero tener la cabeza bien serena para recordar todo lo que he pasado... En cierto modo ha sido; horrible y no sé cómo he podido resistirlo hasta hoy.
Él musitó:
—¿No te han ayudado tus padres?
—Murieron.
—¿Cuándo?
—Cuando el rancho fue asaltado e incendiado por los hombres de Lutton ¿Cómo crees, si no, que él consiguió hacerme suya? Ya no quedaba nadie para defenderme. Y el jefe supremo tenía un aspecto que... Bueno, de lejos incluso me recordaba a alguien.
—¿A quién?
—Holmes.
Billy se estremeció un momento.
—No digas tonterías —musitó.
—No sé hasta qué punto lo son. Holmes ha ganado mas dinero que cualquier otro ranchero de esta comarca en los últimos años. Y nadie sabe cómo.
—Ciertamente me gustaría que fuese Holmes —dijo Billy con voz reconcentrada—. Me gustaría hacer con el revólver lo que de momento he tenido que hacer sólo con los puños... Pero no creo que ese miserable tenga inteligencia para organizar los robos que la banda ha perpetrado. Algunos han sido maestros, hay que reconocerlo.
Hizo un gesto desenvuelto, como si quisiera así eliminar sus preocupaciones. Los dos habían terminado de cenar; y aunque no empezaron con demasiado apetito notaban que los alimentos y el descanso les habían sentado muy bien. Realmente, ya los estaban necesitando cuando llegaron a la ciudad.
Pero no eran ellos los únicos que habían llegado.
Tres hombres más alcanzaban en aquel momento a uña de caballo las casas más extremas de Cortes.
Billy susurró:
—Vamos, Sigi. Necesitas descansar y olvidar. Mañana será otro día.
Se pusieron los dos en pie.
Y aquello bastó para que los tres recién venidos les vieran desde más allá de los porches de la plaza.
Uno de ellos susurró:
—Eh..., mirad.
Los tres descabalgaron velozmente.
Mientras tanto, Billy y la muchacha ya habían desaparecido. Pero eso iba a servirles de bien poca cosa.

CAPÍTULO XI

 

Billy la acompañó hasta la puerta de la habitación. Los dos se quedaron quietos unos instantes en las sombras del pasillo.
Los ojos almendrados de Sigi se posaron en él.
Temblaron levemente sus labios.
Por un momento una seductora idea atravesó la mente de Billy. ¿Y si se atreviera? ¿Y si besara suavemente a Sigi mientras la empujaba hacia el interior de la habitación? ¿Y si tomaba con una suave caricia lo que quizá de todos modos ella ya estaba dispuesta a darle?
Pero algo le detuvo.
Fue la misma ternura que le inspiraba aquella muchacha.
Sigi, quien lo había dado todo por un hombre que nunca la mereció, no iba a caer ahora en los brazos de otro.
Con voz queda dijo:
—Buenas noches. Procura no recordar.
—¿Adonde iremos mañana?
—Lo he de pensar aún. Nuestros caballos ya habrán descansado y podremos avanzar hacia el sur un poco más. Imagino que encontraré un buen trabajo en un rancho de esta comarca.
—¿Y yo?
—Tú, de momento, estarás escondida. Me temo que Holmes quiera buscarte para darte un escarmiento al saber que te has largado conmigo. Luego, cuando todo haya pasado, podrás buscar también un trabajo y ser una mujer como las demás, una chica con derecho a la felicidad. No tardarás en encontrar al hombre que te conviene.
Los hermosos párpados de la muchacha temblaron un momento.
Bisbiseó:
—A veces una encuentra al hombre que le conviene... donde menos lo espera.
Y tendió hacia adelante los labios. Fue una cosa suave y limpia. Fue un gesto lleno de ternura y donde no había la menor sensualidad.
Billy fue a aceptar aquella caricia.
Todos sus sentidos estaban pendientes de aquella mujer. Todas las fibras de su ser la necesitaban ansiosamente.
Pero no llegó a besarla.
En aquel instante oyeron las suaves pisadas en la escalera. Llegó hasta sus oídos aquel susurro que decía:
—Allí...

* * *

Los tres hombres habían penetrado en el hotel después de dejar sus caballos, y habían subido por las escaleras diciendo que iban a visitar a un amigo. Confiaban en encontrar a Billy antes de que llegase a su habitación.
Querían liquidarle por haber sido el ejecutor de Lutton, el lugarteniente de la banda a la cual pertenecían.
En cuanto a la chica, nada tenían contra ella, porque no venían de parte de Holmes. Pero iba a ser una buena presa si lograban sacarla de allí. Con la chica se divertirían aquella noche hasta quedar hartos.
Por eso movieron sus revólveres en el borde de la escalera.
Y uno de los tres granujas musitó:
—Allí...
Billy lo había oído.
Tenía oído de zorro, el muy maldito.
Y manos de jugador, que al fin y al cabo es lo que era.
La chica no había atribuido ningún significado macabro a aquellos ruidos furtivos. Sólo notó que los dedos de Billy se metían atrevidamente en su cintura y lo que acababa de ser su cintura.
Gimió:
—¡No vayas tan aprisa, hombre! ¡Espera!
Era un modo de darle esperanzas.
Pero cuando se dio cuenta ya rodaba, por el suelo de su propia habitación, enseñando una respetable cantidad de piernas. Penetró entonces en su cerebro la idea de que Billy no había hecho todos aquellos juegos de manos para aprovecharse de ella, sino para salvarla. Y los acontecimientos se encargaron de demostrárselo.
Por el momento Billy ya la había apartado de la línea de fuego, mientras se parapetaba inmediatamente tras la puerta. Sacó el «Colt» ante los atónitos ojos de sus tres enemigos.
Estos eran unos profesionales rápidos, pero creyeron que Billy no les había visto. Demasiado seguros de sí mismos, tardaron algunos segundos en poner sus armas en línea de tiro.
Y unos segundos pueden ser mucho tiempo. Pueden decidir entre la vida y la muerte en un momento así.
El primero de los tres sicarios, el que estaba más adelantado, sintió la mordedura del plomo entre la cintura y el pecho. Se estremeció mientras apretaba el gatillo y las balas rociaban inútilmente el suelo.
Los otros dos saltaron hacia atrás. Se habían dado cuenta de que su enemigo era un auténtico zorro. Y, abandonando la cacería por el momento, rodaron escaleras abajo.
Billy les siguió.
Sabía que no podía dejarles huir.
Aquellos sicarios avisarían al resto de la banda.
Desde lo alto de las escaleras disparó de nuevo.
La suerte no le acompañó. Logró dejar clavado contra la pared a uno de sus enemigos, pero tuvo que lanzarse a tierra para esquivar el rápido balazo del otro. Y ese otro pudo escapar saltando hacia la puerta con la velocidad de un gamo.
Billy intentó perseguirle.
Tenía que evitar a toda costa que avisara al resto de los hombres de Lutton. O de quien fuera el jefe, porque Lutton ya estaría muerto.
Al llegar a la plaza vio que había bastante gente en ella. No sólo mexicanos, sino también vaqueros del Norte, hombres silenciosos cualquiera de los cuales podía ser el asesino fugitivo, al cual no había llegado a ver bien.
Le era imposible a Billy disparar indiscriminadamente, sin estar seguro.
Por un momento deseó que el otro intentara matarle, que el otro se descubriera al sacar otra vez el «Colt». Pero el hombre a quien perseguía, si es que estaba allí, no hizo el menor gesto. Comprendió que contra un tipo como Billy no se podía luchar y prefirió perderse entre la multitud como un paseante más.
Billy suspiró con desaliento.
Volvió al hotel.
Ahora sabía que tendrían que largarse de allí cuanto antes. No podían exponerse a que el grueso de la banda cayera sobre ellos.
Sigi le esperaba en la habitación.
Parecía aterrada.
—No creí que nos descubrieran tan pronto —dijo—. He visto el cadáver en el pasillo y... y me he dado cuenta de que fue uno de los que incendiaron el rancho de mis padres.
—Pues lo ha pagado bien —gruñó Billy—. En este momento te estará escribiendo una carta de disculpa desde el infierno.
Ella se estremeció.
—De no ser por ti estaría muerta, Billy.
—Cuerno, y yo también. Da la casualidad de que soy el mejor amigo que tengo, aunque a veces a ese amigo le partiría la cara por sinvergüenza.
—¿Qué vamos a hacer ahora, Billy?
—Creo qué tenemos que largarnos. He venido a buscarte por eso.
—¿Es que alguno de ellos ha podido huir? ¿Conseguirá dar el soplo al resto de la banda?
—Me temo que sí, y ésa es la razón de que tengamos que poner tierra de por medio.
Sigi meneó la cabeza pesarosamente.
—Va a ser peor, Billy.
—¿Por qué?
—Tú lo sabes mejor que yo, aunque te niegues a admitirlo. Nuestros caballos están reventados y no tenemos tiempo a esta hora de comprar otros, y mucho menos robarlos. Los asesinos de la banda conocen la zona mejor que nosotros. Si nos acorralan en campo abierto seremos unas víctimas demasiado fáciles para ellos.
—Pues mira que si nos acorralan aquí...
—Dentro de lo malo, es mejor este sitio, Billy.
Él disparó de pronto uno de sus puños al aire, como si acabara de tener una idea.
—Vamos a hacer una cosa, muñeca. Nos quedaremos aquí, pero no los dos en el mismo sitio. Tú te quedarás en el hotel, pero cambiando de habitación. Yo me situaré en el gran almacén de forraje que hay al otro lado de la plaza. Cuando esos tipos vengan con todas sus fuerzas en plan de atraparnos, la plaza entera quedará vacía. La gente se largará. Entonces yo los tendré frente a mi revólver antes de que entren en el hotel.
—Creo que es una buena idea, Billy.
—Al menos, es la única que podemos poner en práctica. De modo que cambia de habitación y dispónte a dormir como si nada hubiera ocurrido. Yo me ocuparé de lo demás.
Ella asintió.
Hablaban en voz normal, con la puerta de la habitación todavía ligeramente entreabierta.
En ese momento un tipo gordo que estaba en el cuarto de al lado apareció en el umbral mientras preguntaba:
—¿Dicen que esta señorita busca otra habitación:?
—Pues... sí.
—¿Y por qué no viene a la mía?
En aquel momento un brazo enfundado en un camisón de dormir, y que terminaba en una especie de garra armada con un bastón, arreó al tío en la cabeza mientras otra garra le sujetaba por el cuello.
Una voz de vieja casada al menos en terceras nupcias gritó:
—Ven aquí, macaco.
Y el tío gordo fue arrastrado hasta las profundidades de su habitación.
De él nunca más volvió a saberse nada.

CAPÍTULO XII

 

Casi una hora después, Billy tenía motivos para suponer que su idea había sido buena. La gente que paseaba por la plaza se había dado cuenta de que algo muy grave se estaba cocinando allí y había desaparecido. Además, ya empezaba a ser hora de retirarse. Toda la zona situada frente al hotel adquirió el aspecto que hubiese podido tener una ciudad minera abandonada años antes.
Billy se había situado en el enorme granero que había al otro lado de la plaza, enfrente del hotel. Era un edificio destartalado y que estaba en obras, donde un pistolero podía ocultarse a la perfección. Desde allí gozaba de una situación perfecta para batir a sus enemigos cuando se presentaran en bloque:
Nadie se había dado cuenta de que Billy entraba en el lugar. Y si alguien lo había visto se cuidó muy mucho de meter cizaña diciéndolo.
O al menos eso esperaba Billy.
Fue aproximadamente una hora después cuando oyó el ruido de aquellos jinetes que se aproximaban. Le pareció que eran seis. Agazapado en el sitio en que se había ocultado, completamente invisible a los ojos de los demás, aguardó con los nervios tensos a que los jinetes llegaran a la plaza.
Billy formaba una sombra entre las sombras.
Nadie podía verle.
En cambio él distinguió muy bien a los recién venidos. Eran seis, efectivamente. Llevaban rifles del «73» y dos revólveres cada uno. Por su aspecto se adivinaba que eran profesionales decididos a todo.
Seguramente sus cabezas estaban puestas a precio, pero eso no parecía preocuparles, porque se exhibieron claramente a la luz de los faroles que había en la plaza.
El que los mandaba era un tipo a quien Billy no había visto jamás.
Pero no tenía aspecto de ser el jefe supremo. Sus maneras eran demasiado toscas. Mientras descabalgaba hizo señas a los otros cinco para que se dirigieran al hotel, pero dividiéndose en dos grupos. Uno de ellos, formado por dos hombres, entraría con el jefe por la puerta principal. Otro grupo, formado por tres, utilizaría las puertas de servicio situadas en la parte trasera.
La trampa estaba bien preparada.
Pero Billy sonrió.
Aquellos tipos iban a entrar en el infierno con caballos y todo. Él llevaba dos revólveres con doce balas y sólo necesitaba seis. Le sobraba munición para organizar un festival de muerte.
Salió de entre las sombras.
Hizo que su figura se recortara en la débil luz proyectada por la puerta del granero. Ninguno de los hombres que estaban fuera podía verle. Billy se dispuso a disparar mientras una sonrisa sardónica curvaba sus labios.
Pero fue en aquel momento cuando notó un leve ruido a su espalda.
No tuvo tiempo ni de moverse.
El cañón del «Colt» se clavó entre sus riñones mientras una risita burlona sonaba detrás de su cabeza.

CAPÍTULO XIII

 

Billy no había esperado aquello de ninguna manera. Estaba completamente convencido de encontrarse solo en el enorme edificio. Aquél era un requisito esencial para qué su plan prosperara.
Y de pronto se dio cuenta de que no era así. Alguien le había estado acechando entre las sombras mientras él acechaba a los otros.
Una voz suave, lenta, corrosiva, dijo junto a su oído derecho:
—No esperabas esto, ¿verdad, bastardo?
Billy se estremeció.
Acababa de reconocer aquella voz.
Era la del ranchero Holmes...
—¿Qué creías? ¿Que había abandonado la persecución? —bisbiseó éste—. ¿Pensabas que no ibas a verme nunca más?
—Realmente creí que estaba solo —dijo Billy desesperadamente, tratando de ganar tiempo—. ¿Por dónde has entrado?
—Por la parte trasera de este armatoste de edificio. Ha sido fácil. Todo está lleno de agujeros por donde puede deslizarse un hombre.
—Pero, ¿por qué no me has encañonado hasta ahora? ¿A qué esperabas?
—No sabía que estabas aquí.
—¿No?...
—Vigilaba el hotel para matarte cuando salieras al amanecer. Pero yo estaba convencido de que me encontraba solo en este recinto, porque no se oía absolutamente nada —susurró Holmes—. Hasta que de pronto he visto una sombra que se despegaba de las demás para avanzar hacia la puerta. Mi sorpresa no necesito explicártela. Porque eras tú, maldito..., ¡tú! ¡El que va a morir ahora mismo cosido a balazos, cochino hijo de perra!
Billy se mordió el labio inferior hasta hacerse sangre.
Tenía motivos para sentirse desesperado. Veía a los dos atacantes separarse en dos grupos. Dentro de poco caerían sobre la indefensa Sigi mientras él era convertido en un colador por el revólver de Holmes.
Curiosamente, se dio cuenta de que eso era lo que menos le importaba. Lo que le destrozaba los nervios era saber lo que iba a ocurrir con Sigi.
Sin dejar de apuntarle, Holmes le despojó de sus dos revólveres con la mano izquierda.
Billy no había suplicado nunca. Jamás se había humillado ante nadie, ni en sus peores momentos. Pero esta vez suplicó.
—No te pido nada para mí, Holmes —dijo—. Puedes liquidarme, pero quizá te has dado cuenta de que esos esbirros pertenecen a la que fue banda de Lutton.
—Claro que me he dado cuenta. ¿Y qué?
—No sólo vienen a por mí. Vienen también a por Sigi. Ella está desarmada y no podrá defenderse.
—¿Y qué? —siguió diciendo Holmes.
—Si se la llevan puedes imaginar lo que va a suceder con ella. Será una de las muertes más espantosas a que se ha visto sometida una mujer. Esos son seis... Poca imaginación hace falta para adivinar lo que va a suceder. Deja que dispare, aunque tú me sigas apuntando a la nuca. Deja que elimine a esos sicarios y luego tú me eliminas a mí.
La risita volvió a sonar.
Era una de las risitas, más sardónicas y más corrosivas que Billy había oído nunca.
—Lo que hagan con esa zorra no me importa —dijo Holmes—. Ya está acostumbrada. Y ahora reza si sabes. Reza sólo dos palabras, porque no te dejaré tiempo para más...
Billy sintió un espasmo en la garganta.
Pero no fue de miedo.
Fue de odio.
Quizá de asco.
Sabia que si él moría, Sigi moriría también. Eso le dotó de una rapidez, de una fuerza y una audacia casi inhumanas. Mientras alzaba un poco las manos gimió:
—Te ruego que me mates a la primera bala. No me gusta sufrir.
Podían haber sido tomadas por las palabras de un cobarde.
Pero no lo fueron.
Eran las palabras de un zorro.
Mientras Holmes se disponía a apretar el gatillo, la cabeza de Billy cambió bruscamente de posición. Fue todo tan instantáneo, tan rápido, como un parpadeo. La bala de Holmes fue al vacío, porque ya no había nada delante del cañón, a lo cual ayudó el codazo, tremendo que Billy dio a su enemigo sin volverse. Holmes perdió en parte su equilibrio.
La bala atravesó la plaza y fue a empotrarse en los porches que había delante del hotel.
Los tres hombres que se disponían a entrar en la parte delantera se volvieron.
Pensaron que les atacaban desde allí. Enviaron contra la puerta del granero, al otro lado de la plaza, una nube de plomo.
Billy ya había desaparecido de allí.
Billy se movía con la agilidad de un gato.
Pero Holmes no. ¡Infiernos! ¡Él no!
Holmes no estaba habituado a luchar con aquella rapidez. No pudo apartarse del camino de las balas cuando éstas volaban hacia la puerta como abejorros enfurecidos.
Sólo pudo aullar:
—¡No tiréis! ¡Yo soy un ami...!
No terminó la palabra.
Aquellos tres cerdos tiraban a mansalva.
Le cosieron el pecho con plomo.
Y Holmes se dobló trágicamente mientras Billy se deslizaba hacia la parte posterior, después de recuperar sus revólveres. Mientras pensaba que la verdadera batalla iba a empezar ahora, una batalla en la que se jugaba su piel de buitre... y la piel de seda de la mujer a la que quería.

CAPÍTULO XIV

 

Los tres esbirros que acababan de hacer fuego hasta vaciar sus revólveres, miraron con suspicacia hacia la puerta de aquel almacén que estaba al otro lado de la plaza. Una brusca sensación de peligro latente se apoderó de ellos. No acababan de ver las cosas claras.
Por lo pronto aquel tiroteo les había privado del factor sorpresa. Ahora ya tenían a sus enemigos sobre avisó. Claro que en realidad ignoraban que Billy había estado alerta siempre.
Uno de ellos gruñó:
—¿Podía haber alguien más allí?
—No creo.
—De todos modos, comprobadlo. No podemos correr el riesgo de que ahora nos ataquen por la espalda.
Dos de los pistoleros se acercaron. En el granero no vieron más que el cadáver de Holmes. Luego volvieron sin que de sus rostros se hubiera disipado del todo aquella expresión de desconfianza.
Pero sin una palabra más entraron, en el hotel. Los de atrás ya habían irrumpido en él también. Nadie les cortó el paso.
Los dos empleados de noche se habían escondido bajo las escaleras. Una especie de matón encargado de guardar el orden allí dentro también se había evaporado como el humo.
Sigi había oído todo aquello.
Con las manos crispadas a la altura de la garganta se dio cuenta de que iba a morir. Sus ojos taladraban angustiosamente la penumbra.
Venían a por ella.
Y aunque no estaba en la habitación en la que figuraba inscrita según el libro registro, comprendió que eso serviría de bien poco. Aquellos asesinos la buscarían por todas partes. Estaba acorralada y no lograría salir con vida a menos que se produjera un milagro.
Ese milagro se llamaba Billy.
Si él no llegaba a tiempo, lo único qué podría hacer sería prepararle la mortaja.
Mientras tres hombres cortaban todas las salidas del hotel; para que ella no pudiera escapar, otros tres subían silenciosamente las escaleras. Daban por descontado que encontrarían a Billy allí. Por eso todos sus nervios estaban tensos, y sus dedos cerrados sobre las culatas.
Llegaron al pasillo.
Ante ellos se extendía una doble hilera de puertas cerradas y silenciosas, tras cualquiera de las cuales podían estar los pájaros a quienes buscaban. Aquello les desorientó un momento, pero en seguida decidieron lo que había que hacer.
—Las abriremos una a una... Y en silencio.
Un hombre cerró el dedo sobre el gatillo, dispuesto a disparar a la menor señal de alarma.
Empujó la primera de las puertas.
No estaba cerrada con llave.
Vio una cama vacía. La luz del quinqué lo iluminaba todo con claridad. Distinguió también una butaca de alto respaldo vuelta de espaldas a él.
Hubo una crispación en los ojos del pistolero.
No le gustaba aquella butaca.
Fue a disparar por si acaso.
Y de pronto el mueble, que era giratorio como el sillón de una barbería, se volvió de cara a él. El pistolero apenas tuvo tiempo de lanzar un grito al ver al tipo que estaba sentado allí, con un revólver en la derecha y un cigarro sin encender entre los labios.
¡Billy!
Parecía como si hubiera brotado del aire.
El hombre que estaba en el umbral no tuvo tiempo de apretar el gatillo. Fue el «Colt» de Billy el que envió una roja lengua de muerte. Con la garganta atravesada, el tipo cayó hacia atrás, casi encima de sus compañeros. Curiosamente cerró él mismo la puerta, en la que campeaba el letrerito de «No molestar». Había intentado sujetarse al pomo y cayó de él al tirar hacia atrás.
Los dos hombres que estaban en el pasillo oyeron un extraño chirrido, sin darse cuenta de que era el de sus propios dientes. Inmediatamente se lanzaron hacia aquella puerta mientras enviaban al interior de la habitación un verdadero huracán de fuego.
Pero ya no había nadie allí.
Parecía como si Billy se hubiera disuelto en el aire.
Los dos miraron como obsesionados hacia la ventana cuyas cortinillas eran mecidas por el viento.
No había duda de que su enemigo había salido por allí. De todos modos, no se fiaron. Sólo uno de ellos se dirigió a la abierta ventana.
—Tú por la puerta —dijo al otro—. La que comunica las dos habitaciones.
En efecto, había una hoja de madera que separaba aquella habitación de la contigua. El segundo pistolero la abrió mientras llevaba el revólver por delante.
Tampoco vio nada.
Y no es que no hubiera nadie.
Es que no tuvo tiempo de verlo.
Distinguió confusamente que en la cama situada frente a la puerta estaba el tipo más curioso que hubiera podido llegar a imaginar. Un hombre metido en la cama, pero no sólo con el traje puesto, sino con sombrero y todo.
Las manos estaban debajo de las ropas.
Y fue la mano derecha la que disparó. Las dos balas atravesaron el embozo y fueron a buscar la cabeza del pistolero. Por eso éste no vio apenas nada. Inmediatamente cayó hacia atrás mientras lanzaba un grito gutural. Cuando llegó a tierra, no era ya más que un cadáver.
Su compañero estaba junto a la ventana. No entendía nada.
Lo único que pudo hacer fue lanzar un grito de horror mientras comprendía que Billy pasaba de una habitación a otra como un fantasma. Para no estar expuesto a su fuego mortal se lanzó por la ventana igual que si vinieran contra él una docena de bisontes desbocados.
Sus tres compañeros estaban abajo cubriendo las salidas. Uno de ellos vino con el revólver a punto.
—¿Pero qué infiernos te pasa, maldito?
—Ese tipo al que hemos de matar es... es el diablo.
—¿Dónde están los otros dos?
—Han muerto.
—De modo que esos disparos significaban que...
—Sí, esos disparos significaban que los dos han muerto. Tenemos que buscar refuerzos o nos liquidará. No falla una bala...
—Pero si buscamos refuerzos escapará con esa condenada zorra...
—Yo iré a avisar al jefe. Vosotros dos cubrid las salidas.
Antes de que el otro pudiera responderle, salió a toda prisa. Lo que hizo en realidad fue huir. Tenía motivos para pensar que aquel hotel se convertiría en su tumba.
Los otros dos miraron temerosamente hacia el vestíbulo. De repente sentían que unas gotas de sudor habían nacido en sus sienes. La penumbra que imperaba en aquel sector del hotel les parecía la penumbra de un velatorio.
Todo estaba en silencio.
No tenían ni idea de dónde se encontraba Billy ahora. No podían ni imaginar que lo tenían bien cerca.
Uno de ellos barbotó:
—Hay que saber en qué habitación está inscrito.
—¿Quieres decir mirar el libro registro?
—Sí. Puede haber cambiado una docena de veces, pero al menos ése es un punto de partida.
Y señaló hacia el mostrador de recepción.
Allí volvía a estar el empleado de noche.
Le conocían bien por haberle estado espiando antes de entrar en el hotel. Tenía el libro registro abierto delante de los ojos.
Los dos pistoleros vigilaron de nuevo la escalera, volviéndose de espaldas: Les parecía haber oído un chasquido.
Luego uno de ellos susurró:
—Bueno, voy a mirar...
Se acercó al mostrador.
Vio el libro registro.
Y al tipo que estaba allí.
Pero aquel tipo había cambiado. Ya no era el mismo. Como si se tratase de una pesadilla, el hombre que estaba ante él, sonriendo fijamente, era...
¡Era el propio Billy!
—¿Qué desea, señor? —preguntó el joven amablemente—, ¿Una habitación libre? ¡Precisamente tengo una...!
Y señaló el revólver que estaba sobre el libro registro.
—¡Una con vistas al cementerio!
Disparó sin mover el «Colt».
Este estaba encarado hacia el pecho del pistolero. El movimiento fue de una rapidez fulgurante.
Mientras su compañero caía hacia atrás, mortalmente alcanzado, el último pistolero que quedaba en el hotel se volvió, sintiendo en sus huesos el frío del Más Allá.
Chilló como una rata acorralada.
Intentó ser más rápido que Billy.
Pero ya no pudo.
Un revólver apuntaba a su cabeza. Aquel revólver hizo fuego. El pistolero se derrumbó sobre las escaleras mientras tiraba frenéticamente con sus últimas fuerzas. Sus balas fueron al techo.
Billy hizo entonces una seña al verdadero empleado nocturno de recepción, que estaba agazapado debajo del mostrador y pálido como un muerto.
—Ya puede levantarse, amigo —dijo—. Su trabajo ha terminado.
—¿No quedan más... pistoleros...?
—Ni uno-aseguró Billy—. Puede estar tranquilo. No se producirán más disparos.
En aquel momento sonó una detonación en lo alto de las escaleras. La bala casi pasó rozando la cabeza del empleado.
El dueño del hotel bramó desde lo alto:
—¡Te mataré, maldito! A todos estos tipos muertos en el hotel, ¿quién les cobra lo que han gastado? ¿Dónde están las facturas?
El pobre empleado volvió a meterse debajo del mostrador de recepción, mientras gemía:
—Son turistas... Estaba todo tan lleno que se han quedado a dormir en las escaleras, jefe...

CAPÍTULO XV

 

Sigi también estaba mortalmente pálida cuando cayó en brazos de Billy. Las fuerzas le fallaban. Por primera vez, ella que había aguantado tanto sentía que le fallaban los restos de su serenidad.
Billy le apretó la cabeza contra el pecho. Después de todo lo que había ocurrido sentía una gran ternura y un gran cansancio, como si lo único que necesitase de ahora en adelante fuera reposar junto a aquella mujer. Tuvo la sensación de que el tiempo no existía, de que la vida puede cambiar de signo sólo por el hecho de que uno tenga a su lado a una persona amada.
Ella musitó:
—¿Crees que... que estamos libres ya de peligro?
—Me temo que no —repuso él, separándola lentamente—. Creo que uno de los pistoleros ha huido y él llamará a los demás.
—Entonces lo que debemos hacer, es escapar... Aún estamos a tiempo y ahora disponemos de los caballos de todos esos individuos...
El negó lentamente con la cabeza.
—No, Sigi.
—¿No? ¿Por qué?
—Entre esos esbirros están los que incendiaron tu rancho y asesinaron a tus padres. Está, sobre todo, el jefe supremo, el que daba órdenes a Lutton. Ese no ha muerto. Y si ahora escapamos, ese individuo volverá a formar otra banda y volverá a incendiar otros ranchos. Es ahora cuando hay que acabar con él. Ahora o nunca. Por eso no me moveré de aquí hasta que vuelva.
Los brazos de la mujer temblaron un momento.
Dijo con voz insegura:
—Pero si vuelven con todos sus efectivos, te... te matarán.
—Ni soy tan fácil de matar ni creo que tengan ya demasiados efectivos —dijo Billy—. El escarmiento que han sufrido, ha sido de los que dejan a una banda marcada para siempre. No podrá encontrar hombres de refresco esta misma noche.
Y señaló a la muchacha el pasillo donde estaban las habitaciones para que volviera a la suya. Luego él se dedicó a retirar a los muertos mientras trataba de identificarlos.
Todos debían ser simples pandilleros y asesinos a sueldo. Ninguno de ellos le llamó la atención.
Pero los otros volverían. Vendrían para buscar sus tumbas en la tierra caliente del Sur.
Billy preparó su revólver y se dispuso a esperarles. Aquello era, al fin y al cabo, una jugada de póquer.
El que antes se pusiera nerviosa se iría al diablo. Y lo que estaba sobre el tapete era nada menos que su propia vida.

* * *

Pero la verdad fue que Billy tuvo una buena sorpresa. Pensaba que aquella misma noche el resto del grupo se presentaría allí para vengar a sus compañeros y para dejar bien establecido su dominio sobre la zona. Pero nada de eso ocurrió. El resto de la noche transcurrió entre la más absoluta paz:
Con las primeras luces del alba, Billy se convencía de que sus enemigos ya no llegarían. En pleno día era imposible organizar un ataque por sorpresa. Eso le desanimó, porque hubiera preferido acabar de una vez con aquella especie de pesadilla.
¿Quizá los miembros de aquella sucia banda se habían atemorizado, decidiendo pasar todos la frontera de México? ¿Quizá el jefe había muerto sin que Billy lo supiera? ¿Podía descansar tranquilo, como si el peligro hubiera quedado atrás para siempre?
Billy no estaba tan seguro de eso.
Seguía creyendo que aquello era una jugada de póquer y que la perdería el primero que se pusiera nervioso. Sus enemigos debían haber adoptado la táctica de dar tiempo al tiempo, y de hacerle perder la calma.
Debían ser las nueve cuando desayunó y decidió irse a la cama a descabezar un sueño, mientras Sigi vigilaba desde las ventanas. Acordaron que ella le avisaría si veía algún grupo sospechoso acercarse al hotel.
Billy eligió para descansar la habitación más resguardada, la situada en un recodo del pasillo, desde dónde podía oír las pisadas de cualquier enemigo, que se aproximase. Se quitó las botas y quedó profundamente dormido.
Y eso que tuvo una cierta sensación de que flotaba en el aire.
No era extraña aquella sensación, puesto que la cama no tenía somier ni tablas de madera, como resultaba frecuente en bastantes hoteles. Tenía debajo del colchón una especie de hamaca hecha con tiras de esparto, las cuales cedían mucho al recibir el peso del cuerpo, de modo que casi tocaban el suelo. De todos modos, no podía negarse que uno dormía cómodo allí.
Hacia el mediodía el joven se levantó sin que hubiera pasado nada. Eso le pareció extraño, pero le reafirmó en su convicción de que quizá todo aquel grupo de asesinos se había asustado después de la debacle y había decidido pasar la frontera de México.
Por la tarde redobló la vigilancia.
Tenía la sensación de que a cada minuto que pasaba el peligro estaba más cerca. Claro que era una sensación confusa e inconcreta de la que no debía hacer demasiado caso. Porque entraban y salían muchas personas desconocidas en el hotel, sobre todo para dirigirse al bar, pero ninguna de ellas le pareció sospechosa.
Por la noche resolvieron que él dormiría un par de horas y Sigi se quedaría de guardia. Luego él se levantaría para permanecer en vela hasta que amaneciese.
Había bastante movimiento en el hotel, pese a haber caído ya las sombras sobre la ciudad. Todo el mundo comentaba lo sucedido en las últimas horas. Bastantes ganaderos de las cercanías se habían llegado hasta allí para inquirir noticias.
Todo eso hacía que mucha gente desconocida pululara por allí, sin que Billy pudiese controlarla. Pero no observó ninguna cara, ningún gesto que le llamaran la atención.
Debían ser las diez cuando el dueño del hotel subió con él hasta la habitación que el joven ocupaba.
—¿Quiere cambiar? —preguntó—. Me temo que no ha elegido usted precisamente el mejor cuarto de la casa.
—Ya lo sé —dijo Billy—. Ni siquiera tiene ventana. Pero es el que menos sorpresas puede deparar a un tipo como yo.
—¿Por qué?
—Precisamente por eso: porque no tiene ventana, lo cual elimina ya un peligro muy importante. Y además está en un recodo cuyas tablas crujen. Oiré a cualquiera que intente llegar por sorpresa.
—Eso es cierto al menos —reconoció el dueño—. Ahora me doy cuenta de que esta habitación tiene bastante ventajas para usted. Ah... Y la cama es muy cómoda.
—¿Cómoda? —gruñó Billy.
—Sí, hombre, sí...
—Pues a mí no me lo ha parecido del todo —gruñó Billy—. Uno se siente la mar de extraño con la hamaca de esparto que hay debajo, se hunde casi hasta el suelo.
—¿Y qué? Es la mar de flexible y la mar de confortable. No tenga miedo de que se rompa, no... Mire.
Y se dejó caer sobre la cama con todo el peso de su cuerpo.
La red de esparto que había debajo del colchón cedió. El cuerpo del hombre llegó casi a la altura del suelo. Pero sonreía, al ocurrir eso.
Y de pronto su sonrisa se borró.
De pronto, algo distinto apareció en sus ojos.
Una lucecita macabra.
Una chispita de horror.
De pronto se llevó las manos al pecho, como si intentara detener algo, algo que le atravesaba por completo, algo que no podía frenar. Billy vio con horror que de su pecho brotaba la sangre.
No lo entendía.
Le parecía estar asistiendo a una pesadilla sin sentido.
Pero aquella pesadilla alcanzó un límite increíble, cuando vio aquello que surgía por el pecho del dueño del hotel, aquello que el pobre tipo había intentado inútilmente frenar. Cuando vio surgir por delante la punta de la bayoneta que le había atravesado el cuerpo de parte a parte.
El individúo no pudo ni chillar. La sorpresa y el horror le habían paralizado la garganta.
Además; la bayoneta le había atravesado uno de los pulmones y la sangre le estaba brotando por la boca. Ladeó la cabeza dramáticamente mientras Billy sentía que las rodillas le temblaban.
No fue de miedo, sino de sorpresa.
Aquello le dejó petrificado durante unos interminables segundos. Si en aquel momento alguien hubiese entrado para matarle, habría conseguido su objetivo con la máxima facilidad. Billy no se daba cuenta de nada.
Pero luego reacciono.
Pensó que no podía haber nadie debajo de la cama porque de lo contrario el que fuese ya habría tratado de huir. Por lo tanto se inclinó y miró. Vio entonces con horror la sencilla explicación de todo aquello.
Alguien, aprovechando las horas en que la habitación estuvo vacía, había colocado debajo de la cama, verticalmente, una de las largas bayonetas reglamentarias en el Ejército mexicano. Para que se sostuviera en el suelo la había afianzado con piedras y un poco de yeso. La punta de la bayoneta casi rozaba la parte inferior del colchón y estaba perfectamente invisible. Al dejarse caer alguien en la cama y ceder la red de esparto que había debajo, la bayoneta se hundía en el cuerpo humanó hasta atravesarlo por completo.
Y eso era lo que había ocurrido.
Pero no con el cuerpo de Billy, sino con el del propio dueño del hotel. Sólo el azar, sólo un golpe de suerte había salvado al joven.
Este se estremeció.
El frío del horror aún estaba en sus huesos.
Pero comprendió que tenía que aprovechar la decisiva ventaja que ahora se le ofrecía inesperadamente: sus enemigos tenían motivos para creer que él estaba muerto.
Chilló desesperadamente, chilló con todo el dolor que sentiría un hombre atravesado por una bayoneta.
La puerta no tardó ni un minuto en abrirse. Sus enemigos, confundidos entre los clientes del hotel, habían estado sin duda al acecho. Dos individuos bien vestidos, con pinta de pistoleros de altura, entraron en la habitación.
Llevaban sus armas en las manos.
Miraron hacia la cama mientras empezaban a lanzar una risita satánica.
Y de pronto aquella risita se les heló en la boca. De pronto se dieron cuenta de que no era Billy el tipo que estaba allí, atravesado por completo.
Miraron hacia el otro lado.
Y entonces vieron la sonrisa siniestra.
Los ojos brillantes.
El revólver.
—Buen viaje al Más Allá —dijo Billy suavemente—. Felices vacaciones en el infierno.
Y disparó.
Apretó el gatillo dos veces.
No falló ninguna bala.
Los dos hombres no pudieron ni moverse. En lugar de dos ojos pasaron a tener tres. Se derrumbaron junto a la puerta como postes de telégrafo abatidos por los indios.
Billy apretó el revólver salvajemente.
No perdió tiempo.
Sabía que debía haber otros enemigos al acecho, y por eso saltó hacia la puerta. En el descansillo de la escalera vio a otros dos individuos que subían con las armas preparadas.
Billy tampoco les dio tiempo para reaccionar. Vomitó plomo mientras los otros le miraban atónitos.
De pronto pareció como si Billy se hubiera transformado en el ayudante de un oculista.
Fabricaba ojos artificiales.
Porque también aquellos dos buitres que tenían sólo dos ojos pasaron a tener tres. Menos mal que no usaban gafas, porque les hubieran salido muy caras.
Se derrumbaron estruendosamente escaleras abajo.
El hotel se llenó de gritos.
De maldiciones.
La gente en el bar chillaba.
Rompía copas.
Se largaba sin pagar.
Pero Billy no pensaba en eso, sino en una sola cosa, una cosa muy concreta y que le torturaba como una quemadura: no sabía si había matado aún al misterioso jefe de la banda. Ignoraba si el monstruo aún seguía vivo, dispuesto a empezar otra vez.
De pronto vio a alguien que volvía la espalda.
Era un hombre bien vestido, ancho de espaldas y que llevaba un sombrero tejano, pero Billy no pudo verle la cara. Su gesto repentino, casi aterrorizado, fue para él una evidencia. Aquel tipo no podía ser un cliente cualquiera que huía porque sí.
Billy barbotó:
—¡Quieto, maldito! ¡Quieto o disparo!
Quería cazar vivo a aquel tipo. Quería hacerle hablar.
Quería al menos saber quién era.
Pero su vacilación momentánea, que duró apenas dos segundos, le hizo fracasar. El hombre se esfumó ante sus ojos y salió disparado por la puerta que daba a la calle. Billy le perdió de vista.
Pero sólo momentáneamente. Con un gesto de rabia salió él también a la calle y vio a aquel hombre montando a caballo. Como, antes, lo distinguió de espaldas solamente. Billy disparó esta vez a su cabeza sin demasiados escrúpulos, pero la bala falló. Los movimientos de aquel tipo, dictados por el miedo, eran un prodigio de rapidez.
El joven comprendió que iba a tener que lanzarse a una persecución bajo las sombras de la noche, cosa que no le favorecía en absoluto. Pero no podía dejar escapar al buitre más pútrido con que se había encontrado jamás. Por eso montó también en el primer caballo que encontró en su camino, picando espuelas, Lo sintió por el animal, pero no tenía otro remedio. El caballo salió disparado.
Por desgracia para Billy, la noche era cerrada y espesa. No había ni rastro de luna en el cielo. Lo único que podía guiarle era el sonido de los cascos del caballo de su enemigo, pero hasta ese sonido se fue alejando porque el fugitivo había tenido preparado frente al hotel un caballo de primera calidad. Billy, en cambio, había tenido que montar sobre el primero que le salió al paso.
Su enemigo le ganaba distancia poco a poco.
Iba a ser imposible alcanzarle antes de que amaneciera, aparte de que los corceles no resistirían. Sobre todo el de Billy.
Este sintió una sorda opresión en el pecho.
Sintió que la amargura le llenaba la boca.

CAPÍTULO XVI

 

Durante dos días completos, Billy tuvo la sensación de vivir una extraña y sorda pesadilla, porque le acometía la impresión de estar persiguiendo a un fantasma. El hombre tras cuyo rastro iba había cambiado una vez de caballo, lo cual le permitió cobrar nueva ventaja.
Cuando empezaba la segunda noche después de su salida del hotel en la ciudad de Cortes, se dio cuenta de que el rastro llevaba inequívocamente a la populosa Santa Fe, la cual él dejara poco antes para «arrancar una muela» al gobernador del Estado. Eso de que el rastro llevara allí no le extrañó en absoluto. Era lógico. Si el misterioso jefe de la banda, si el más cruel de los asesinos que en aquella época asolaban Nuevo México, quería tener alguna posibilidad de pasar desapercibido, le era absolutamente necesario llegar a una capital populosa, donde nadie se fijara en nadie. De otro modo estaba perdido.
Mientras veía extenderse ante sus ojos las luces de Santa Fe, Billy sonrió con amargura. Ahora no le quedaba la menor duda de que su enemigo había conseguido lo que quería. Sabiendo que Billy no le había identificado, sabiendo que nadie podía denunciarle, se perdería entre los centenares de hombres que pululaban por sus calles. Billy vería esfumarse así el rastro para siempre, hasta que el asesino, pasado un tiempo prudencial, decidiera reorganizar en otro sitio su banda.
Billy estaba totalmente desanimado. Quizá en muchos años no lo había estado tanto.
Influía también en ello su cansancio físico, pues casi treinta y seis horas a caballo es una prueba que sólo los muy preparados pueden afrontar. Treinta y seis horas de infierno que no habían servido para nada.
Pero al menos volvía a estar en una ciudad donde tendría una cama, una mesa y una especie de hogar. Una ciudad donde su «madre» le acogería con cariño. Mil veces era mejor eso que haber detenido la persecución en un condenado sitio donde no le conociera nadie.
De modo que Billy dejó el caballo en una cuadra pública para que el pobre animal descánsase y se dirigió a la casa que había sido de Kurt y que ahora era «suya». Pensó pasar la noche allí. Pensó decir a la pobre mujer que vivía allí que no había ganado demasiado dinero sacando muelas, pero que lo ganaría.
Avanzó hacia la puerta de la casa.
Sentía una rara emoción en su interior. Ahora se daba cuenta de que aquella especie de hogar le gustaba. Se daba cuenta de que le resultaría difícil prescindir de él. Además, la mujer ciega que estaba dentro, esperándole, necesitaba su cariño.
Billy empujó la puerta.
Vio las luces encendidas.
Unos leños ardían alegremente en la chimenea.
Pero la ciega no estaba allí. Estaba sin duda en la habitación, situada más al fondo, porque se oía su voz.
—Celebro que hayas vuelto —decía la voz dulcemente—. No sabes lo que he sufrido por ti. Para mí el que hayas vueltos significa como volver a la vida, hijo mío..

CAPÍTULO XVII

 

Billy quedó helado.
Los dedos que acababan de empujar la, puerta quedaron detenidos sobre el pomo como si se hubieran petrificado. Una extraña opresión le apretó el pecho. Por sus ojos pasó como un relámpago de muerte.
Lo único que pudo musitar fue:.
—Dios mío:...,.
De repente, con una claridad lívida y al mismo tiempo brutal, lo comprendió todo. De repente se dio cuenta de lo que significaba, la «muerte» de Kurt.
Seguro que los enemigos que le perseguían cuando él lo conoció y le salvó la vida eran rivales que querían partirse los «negocios» con él.
Seguro que el cadáver calcinado que él vio poco después no era el de Kurt.
Para «desaparecer», el jefe de la banda había dado una muerte atroz a cualquier desgraciado que tuviera su edad y sus medidas. ¿Únicos requisitos? Darle antes su documentación y prestarle algunas de sus ropas.
Y luego se había dejado tragar por la inmensidad de Nuevo México.
Kurt estaba muerto. Nadie sospecharía de él. Nadie le relacionaría ni de lejos con los golpes de la banda. Podía empezar una existencia donde los millones caerían cada vez más espesos y la sangre gotearía cada vez más roja. Billy sintió en las entrañas el frío de la muerte.
Una pena atroz le devoraba. Porque ahora Kurt había vuelto a su hogar, a refugiarse allí hasta que la tempestad pasara, pensando no encontrar a nadie. Había encontrado a su madre, pero su madre no sabía que él estaba muerto. Le había acogido con la mayor naturalidad del mundo. Pensaba que era el mismo hijo que estuvo con ella y que había ido a sacarle una muela al gobernador de Nuevo México.
Como hasta en la voz eran parecidos, nada le había llamado la atención.
Billy retrocedió. Una especie de debilidad inmensa se había apoderado de él. Supo que pese a todo lo que Kurt era, pese a todos los crímenes que arrastraba, no tendría valor para matarle en aquella casa: Con los hombros hundidos, con los brazos caídos a lo largo del cuerpo, dio la vuelta hacia el otro lado para alejarse de allí.
En el otro lado del edificio descansaba un caballo sudoroso y con síntomas de tremenda fatiga. Era el que había traído a Kurt hasta allí. Billy le acarició suavemente el cuello mientras se disponía a llevárselo. Cuando Kurt, extrañado, lo buscara, habría llegado el momento de ajustar cuentas.
Pero en aquel momento oyó el chirrido junto a la puerta lateral. De pronto un rectángulo de luz cayó sobre él, dejándole al descubierto. Kurt había salido para retirar el caballo. Inmediatamente le vio.
Lanzó una maldición en voz baja.
Una maldición que no debió oírse más allá de las paredes de madera y los tabiques silenciosos.
Instantáneamente llevó la derecha al revólver, sin dar tiempo a Billy a defenderse. Billy estaba tan asombrado, tan impresionado en aquel instante, que llevó la mano al «Colt» demasiado tarde. Su enemigo había reaccionado con más rapidez y no le había dejado ninguna oportunidad. Una sonrisa diabólica deformaba el rostro de Kurt cuando apretó el gatillo.
Billy lo supo en unas décimas de segundo.
Era el fin.
Era el fracaso irremediable, era el triunfo de un asesino sin entrañas.
Le pareció notar incluso el choque de la bala en la cabeza.
Él disparó maquinalmente. Lo hizo una sola vez, siguiendo el movimiento instintivo de sus músculos. Fue entonces cuando oyó el disparo.
¿Y por qué no antes? ¿Por qué no había sonado el revólver de Kurt? ¿Por qué la bala no había saltado al aire? ¿Por qué?
Vio que Kurt caía.
Ya no tenía dos ojos.
Tenía tres.
La bala le había atravesado el cerebro y su mirada vidriosa ya estaba en el infinito.
Billy guardó el «Colt» pesadamente. Todo vacilaba en él, todo le parecía extraño y doloroso. Pensó que el revolver del asesino se había encasquillado en el último segundo y comprendió que sólo a esa circunstancia debía el seguir aún vivo. Pasando por delante del cadáver, entró en la casa.
Las luces seguían encendidas.
Los leños seguían ardiendo alegremente en el hogar.
La ciega, un poco asustada, oyó sus pasos. Había alzado la cabeza.
—Kurt, hijo mío —preguntó—: ¿Qué ha sido ese disparo?
—Nada, mamá. Un borracho —dijo Billy dulcemente.
La anciana logró sonreír. Su intranquilidad desaparecía por momentos. Sus ojos volvieron a tener otra vez una expresión feliz.
—Hay demasiados borrachos por aquí —musitó—, y siempre buscan camorra. Por eso es mejor no corresponder, ¿sabes? No llevar armas. Mientras buscabas ropas nuevas en el piso de arriba te he quitado las balas del cilindro. Así uno no se mete en líos. Incluso no deberías llevar revólver, ¿sabes? Es mejor...
Billy tragó saliva.
Volvía a sentir aquella opresión entre dulce y suave en el pecho.
—Sí, mamá —dijo quedamente—. Tienes razón. No volveré a llevarlo.
—¿Te quedarás aquí?
—Sí, pero antes haré dos cosas. Quiero decir que me queda un poco de trabajo antes de descansar un par de días. He de ir a un entierro y luego escribir una carta a una mujer para que venga.
—¿Un entierro? ¿De quién? ¿Le conozco?
—No —dijo el joven, quedamente—. No le conoces, mamá. No le conoce nadie.
—¿Y la mujer? ¿Quién es?
—Ya la conocerás, mamá —musitó Billy, acariciándole los cabellos y pensando que ahora iba a tener que trabajar de nuevo—. Ya la conocerás... Por cierto ¿cuándo tienen que traer whisky otra vez? Aquel que pagamos una vez al año...

FIN

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